Había un camino que él evitaba
Al pie de las murallas de Asís había caminos que Francisco prefería no recorrer. En algunos de ellos estaban los lugares donde vivían personas afectadas por la lepra.
En la Edad Media, la palabra lepra se usaba para diferentes enfermedades visibles de la piel. Las personas enfermas no sufrían solamente en el cuerpo. Muchas eran apartadas de la ciudad, de la familia, del trabajo e incluso de la convivencia en la iglesia. Las trataban como si la enfermedad hubiera borrado sus nombres.
Francisco sentía miedo y repulsión. Años más tarde, en su Testamento, él mismo escribió que ver a personas con lepra le parecía muy amargo. Esta confesión es valiosa porque no convierte al santo en alguien que nació sin miedo. Reconoció la verdad: durante mucho tiempo quiso mantener la distancia.
Tal vez se cubría la nariz al pasar lejos de los refugios. Tal vez apuraba el caballo. Los primeros biógrafos cuentan estos detalles, pero lo más importante viene del propio Francisco: no deseaba acercarse.
El hombre que un día llamaría hermanas a todas las criaturas todavía estaba aprendiendo a llamar hermano a otro ser humano.
Cuando el miedo apareció frente a él
Un día, mientras cabalgaba por la llanura, Francisco vio a una persona con lepra que venía hacia él.
Su cuerpo debió reaccionar antes que cualquier pensamiento. El miedo hace eso: oprime el pecho, endurece los brazos y busca una salida. De pronto, el camino abierto parece estrecho. Uno quiere desviarse, volver o pasar deprisa.
Francisco podía haber seguido adelante. Nadie en la ciudad lo habría condenado por eso. Mantener la distancia se consideraba normal.
Pero se detuvo.
No sabemos cuánto duró esa pausa. Tal vez solo un instante. Sin embargo, por dentro contenía dos caminos enteros. Uno era el camino de siempre: protegerse, no mirar y dejar al otro solo. El otro todavía no tenía nombre.
Francisco bajó del caballo.
Los relatos antiguos dicen que ofreció una moneda y besó a la persona. La tradición también describe el gesto como un abrazo. No necesitamos imaginar una escena perfecta, sin temblores. La valentía no es la ausencia de miedo. Es impedir que el miedo decida por sí solo lo que haremos.
Un rostro, no una enfermedad
De cerca, Francisco ya no podía ver solamente “a un leproso”. Veía a una persona.
Una persona con ojos, voz, memoria e historia. Alguien que quizá sabía lo que era escuchar pasos que se alejaban. Alguien que había tenido casa, juegos y seres queridos. Alguien que seguía siendo digno incluso cuando casi todos actuaban como si no lo fuera.
Al tocar sus manos, Francisco atravesó una frontera que la ciudad había construido.
El abrazo no curó mágicamente la enfermedad. Tampoco acabó ese día con la injusticia sufrida por todas las personas rechazadas. Pero deshizo una mentira dentro de él: la mentira de que era posible amar a Dios y, al mismo tiempo, negarse a ver a quien sufría ante sus ojos.
La misericordia comienza cuando dejamos de preguntar “¿cómo me alejo?” y empezamos a preguntar “¿cómo puedo acercarme sin herir?”.
¿Quién recibió más en aquel encuentro? ¿La persona que fue tocada con respeto o Francisco, que descubrió una libertad nueva? Tal vez ambos.
Lo amargo se volvió dulce
Al final de su vida, Francisco recordó ese tiempo con una frase inolvidable. Lo que antes le parecía amargo se transformó en dulzura del alma y del cuerpo.
No dijo que la enfermedad se volviera bella. No dijo que el sufrimiento dejara de doler. La dulzura nació de la misericordia: de haber hecho el bien allí donde el miedo le había enseñado a huir.
Hay alegrías que vienen de la comodidad. Un plato favorito, una canción o un abrazo esperado pueden alegrarnos. Pero también existe la alegría de vencer una pequeña prisión dentro de nosotros. Es la alegría de descubrir que no tenemos que obedecer para siempre a nuestros prejuicios.
Francisco salió distinto de aquel encuentro. El camino era el mismo. Asís seguía en lo alto de la colina. El caballo seguía esperando. Sin embargo, el mundo se había hecho más grande: ahora incluía a personas que antes él trataba de mantener fuera de su vista.
De aquel encuentro a muchos otros
El gesto no quedó aislado como un bello recuerdo. Francisco comenzó a visitar los lugares donde vivían personas enfermas. Tomás de Celano, su primer biógrafo, cuenta que empezó a servirlas y a ayudar a cuidar sus cuerpos.
Eso exigía más que una emoción repentina. Exigía volver.
En un primer encuentro, alguien puede sentirse conmovido. La semana siguiente, el olor, el cansancio y el miedo siguen allí. La misericordia de Francisco cobró profundidad porque se transformó en presencia y trabajo.
Lavaba heridas, compartía lo que tenía y permanecía cerca. Para los lectores de hoy, es importante decir que los cuidados de salud requieren higiene, conocimiento y protección. La lección no es ignorar los riesgos. Es no usar nunca el cuidado como excusa para abandonar la dignidad de una persona.
Francisco comenzaba a percibir a Jesús de una manera nueva. El Cristo que buscaba en la oración también podía encontrarse en quien tenía hambre, estaba enfermo o era dejado de lado. El Evangelio dejaba de ser solo una historia escuchada en la iglesia. Se convertía en un encuentro en el camino.
Un abrazo no borra los límites
Amar a alguien no significa permitirlo todo. Tampoco exige que un niño se ponga en peligro o toque a una persona desconocida. Hay muchas formas seguras de acercarse: mirar con respeto, llamar a alguien por su nombre, sentarse cerca de quien está solo, no difundir una broma cruel, pedir ayuda a un adulto cuando alguien sufre.
El gesto de Francisco nos pregunta dónde construimos distancias innecesarias.
¿Hay alguien a quien todos evitan en la escuela? ¿Una persona que habla o se mueve de manera diferente? ¿Alguien que se equivocó y parece haber sido convertido para siempre en su propio error? Tal vez nuestro primer paso no sea un gran abrazo. Tal vez sea hacerle lugar en la mesa, escuchar sin reírse o decir: “¿Quieres quedarte con nosotros?”.
Los pequeños gestos pueden devolverle a alguien algo enorme: la sensación de que aún pertenece al mundo.
La victoria que nadie aplaudió
Cuando Francisco soñaba con la caballería, imaginaba una victoria vista por muchas personas. Estandartes, música, nombres celebrados.
En el camino del encuentro no había público. La gran batalla ocurrió dentro de él. De un lado estaba el antiguo miedo. Del otro, la misericordia que apenas daba sus primeros pasos.
Francisco no derrotó a una persona. Derrotó la distancia que le impedía amarla.
Esa fue una victoria mucho mayor que las que había buscado en el campo de batalla. Un caballero podía dominar una ciudad y seguir prisionero de su propio corazón. Francisco comenzó a ser libre cuando se arrodilló ante alguien a quien el mundo le ordenaba despreciar.
Más tarde comprendería mejor la magnitud de aquel momento. Su conversión no comenzó con una idea complicada. Comenzó cuando su mano dejó de apartar y aprendió a cuidar.
Lo que nos enseña el abrazo
No todo miedo es malo. Algunos miedos nos protegen y debemos escucharlos. Pero hay miedos alimentados por rumores, prejuicios y falta de convivencia. Estos empequeñecen a otras personas y también a nuestro corazón.
Podemos preguntarnos:
- ¿Estoy viendo a una persona completa o solamente una diferencia?
- ¿Repito alguna crueldad porque todos la repiten?
- ¿Puedo acercarme con seguridad y respeto?
- ¿Hay alguien que necesita compañía, defensa o escucha?
Francisco no cambió porque encontró una respuesta bonita. Cambió porque su cuerpo hizo un gesto: se detuvo, bajó y se acercó.
El amor también necesita manos y pies.
El secreto escondido en el camino
Transforma lo amargo en dulce.
Piensa en una distancia que nació del miedo. No es necesario vencerla por completo ahora. Ofrece solamente un gesto seguro de respeto.
A veces, la dulzura espera al otro lado de un pequeño paso.
Para quienes desean profundizar
Fuentes de este capítulo
- Testamento de san Francisco de AsísEl propio Francisco recuerda la amargura que sentía, la misericordia que practicó y la dulzura que nació de ese encuentro.
- Tomás de Celano — Primera vida de san Francisco de AsísAntiguo relato biográfico sobre el encuentro, el beso y el servicio junto a las personas con lepra.
- Siete momentos de la vida de san Francisco de AsísPresentación franciscana contemporánea del significado de este acontecimiento.
Francisco confirma en su Testamento la convivencia misericordiosa con personas afectadas por la lepra. El encuentro con una persona específica, el caballo, el beso y otros detalles pertenecen a los primeros relatos biográficos y a la tradición franciscana.
Nota histórica: no conocemos el nombre de la persona con quien se encontró ni la fecha exacta. La palabra medieval traducida como “leproso” podía abarcar distintas enfermedades. Por respeto, este capítulo no reduce a nadie a su enfermedad y evita las descripciones gráficas.

