La joven Clara atraviesa una calle de Asís a la luz de la luna sosteniendo un ramo junto al corazón
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La vida de san Francisco de Asís · Capítulo X

Clara atraviesa la noche

La noche del Domingo de Ramos, una joven de Asís dejó atrás el futuro elegido por otros y caminó hacia su vocación.

Una voz del otro lado de la ciudad

Mientras Francisco y los primeros hermanos recorrían los caminos, una joven los observaba desde el interior de las murallas de Asís.

Su nombre era Clara. Pertenecía a la familia de los Offreducio, vinculada a la nobleza local. Creció en una casa muy diferente de las chozas de los frailes. Conocía la ropa fina, los sirvientes, las reglas sociales y los planes que una familia importante podía hacer para una hija.

En aquel mundo, el matrimonio de una joven noble no se relacionaba solamente con el amor. Podía unir familias, propiedades e influencia. Otras personas participaban en la decisión sobre su futuro.

Pero Clara escuchaba otra voz.

Las fuentes antiguas hablan de su atención hacia los pobres desde temprana edad. También cuentan que escuchó predicar a Francisco en Asís. Tal vez en la iglesia. Tal vez en una plaza. No sabemos el momento exacto en que sus caminos se cruzaron por primera vez.

Sabemos que el mensaje de él encontró algo que ya estaba despierto dentro de ella.

No era solamente admiración

Clara no quería contemplar desde lejos una vida valiente. Quería responder con su propia vida.

Buscó a Francisco en secreto, acompañada por alguien de confianza. Conversaron sobre Jesús, la pobreza y una libertad que no dependía de vestidos, alianzas ni posición social. Francisco reconoció seriedad en aquella joven. Clara reconoció en el camino de los hermanos la forma de vida que deseaba.

Es importante no contar esta historia como un romance secreto. La amistad entre Clara y Francisco fue profunda, pero nació de la búsqueda de Dios y de un proyecto evangélico compartido. Se ayudarían durante muchos años sin que uno se convirtiera en la sombra del otro.

Clara no fue un personaje secundario en la historia de Francisco. Se convirtió en fundadora, líder, escritora y guardiana de una forma propia de vivir la pobreza.

Sin embargo, en aquel comienzo todavía era una joven ante una decisión inmensa.

El Domingo de Ramos

La tradición sitúa su partida en la noche del Domingo de Ramos, en 1211 o 1212. En la mañana de ese día, Clara participó en la celebración en la catedral de San Rufino.

Una antigua biografía cuenta que, mientras las demás personas caminaban para recibir los ramos, ella permaneció en su lugar. El obispo de Asís bajó y puso el ramo en sus manos.

No sabemos qué pensó Clara en ese instante. Solo podemos imaginar el peso de aquel ramo.

Recordaba la entrada de Jesús en Jerusalén, recibido como rey. Pocos días después, la multitud cambiaría, los amigos huirían y Jesús seguiría el camino de la cruz.

El ramo hablaba de alegría y también de valentía. De acogida y también de entrega.

Tal vez Clara lo llevó consigo cuando llegó la noche. Algunas tradiciones lo sugieren; otras no lo dicen. En esta página, el ramo es también una imagen de aquello que guardaba en el corazón: una elección que todavía no podía mostrar a todos.

La puerta oculta

Cuando la ciudad se durmió, Clara dejó la casa de su familia.

Las fuentes medievales hablan de una salida difícil, por una puerta que solía permanecer bloqueada. Al cruzarla, no estaba simplemente cambiando de domicilio. Estaba saliendo de un futuro definido por su posición social.

Una compañera la acompañó durante parte del camino. Los detalles y los nombres varían entre los relatos. Lo esencial permanece: Clara no hizo aquella travesía ante una multitud. La hizo en la oscuridad.

Imagina Asís sin iluminación eléctrica. La luz de la luna toca las piedras, pero deja grandes zonas ocultas. Las ventanas están cerradas. Cada ruido parece más fuerte. El camino desciende de la ciudad hacia el valle.

Allá abajo, cerca de la pequeña capilla de la Porciúncula, Francisco y los hermanos la esperaban con antorchas.

Cada paso alejaba a Clara de la seguridad conocida. Cada paso también la acercaba a la libertad que había elegido.

La valentía no consiste en caminar sin sentir el peso de la noche. Consiste en continuar cuando una pequeña luz ya ha mostrado la dirección.

En la pequeña Porciúncula

La Porciúncula no era un palacio. Era una capilla modesta dedicada a María, rodeada de campos. Allí los hermanos oraban y se reunían.

Clara llegó con la ropa propia de su posición. Durante una ceremonia sencilla, la cambió por un hábito pobre. Le cortaron el cabello como signo de consagración.

Hoy, cortarse el cabello puede parecer un gesto común. En aquel tiempo, el cabello, las joyas y la ropa de una joven noble formaban parte de su identidad pública y de sus posibilidades de matrimonio. El gesto declaraba que Clara pertenecía ahora a un camino diferente.

Francisco no la mantuvo viviendo entre los frailes. Primero, Clara fue llevada a una comunidad de mujeres benedictinas en San Pablo de las Abadesas, donde tendría protección y podría iniciar la vida religiosa.

Su familia intentó hacerla volver.

Las fuentes describen a parientes indignados que llegaron al monasterio. Clara se aferró al altar y mostró su cabeza con el cabello cortado, afirmando la decisión que había tomado. El relato usa una imagen fuerte: aquella joven no sería llevada de regreso a una vida que no había elegido.

La valentía de Inés

Poco tiempo después, su hermana Catalina, que recibiría el nombre religioso de Inés, se unió a ella. La reacción de la familia fue aún más intensa. Una tradición relata un intento de llevarse a Inés por la fuerza.

Estas historias fueron escritas en lenguaje de santidad e incluyen elementos milagrosos. Aun así, revelan un conflicto real. La elección de las hermanas contrariaba intereses familiares y normas sociales muy poderosas.

Clara no atravesó la noche simplemente para encontrar una vida ya preparada. Tuvo que abrir un camino donde casi no había sendero.

Después de pasar por otras casas religiosas, se estableció en San Damián, la iglesia que Francisco había reparado. Allí nació la comunidad de las Damas Pobres, conocida más tarde como la Orden de Santa Clara.

Llegaron otras mujeres. La pequeña luz que cruzó la noche se convirtió en una ventana encendida para muchas vidas.

Clara no copió a Francisco

Francisco y Clara compartían el deseo de seguir a Jesús pobre. Pero Clara tuvo que descubrir cómo viviría ese llamado una comunidad estable de mujeres, dedicada a la oración y a la fraternidad.

Los frailes caminaban entre ciudades. Las hermanas permanecían en San Damián. Eso no hacía menor su vida. Su misión tenía otro ritmo.

Clara cuidó de hermanas enfermas, orientó a la comunidad y escribió cartas de gran belleza. Luchó durante años para que la Iglesia reconociera el Privilegio de la Pobreza, es decir, el derecho de su comunidad a no ser obligada a poseer rentas y propiedades como forma de seguridad.

No defendía la pobreza porque el hambre fuera algo bello. Defendía una confianza comunitaria que, para ella, permitía seguir a Cristo sin quedar bajo el control de las riquezas y las alianzas.

Cerca del final de su vida, Clara escribió una Regla para las hermanas. Fue la primera regla religiosa conocida, escrita por una mujer para una comunidad de mujeres, que recibió aprobación papal.

La joven que salió a escondidas se convirtió en una voz que la Iglesia tuvo que escuchar.

Una amistad de espejo y luz

Clara comparaba la contemplación de Cristo con mirarse en un espejo. No un espejo usado para admirar la propia apariencia, sino para descubrir la belleza de la humildad, la pobreza y el amor.

Su espiritualidad nos invita a mirar, considerar, contemplar y transformar la vida según aquello que vemos en Jesús.

Francisco también necesitaba a Clara. Cuando enfrentaba dudas y necesitaba discernir entre una vida más retirada o la predicación por los caminos, buscó el consejo de ella y de otros hermanos. La tradición franciscana conservó la amistad de ambos como una conversación entre vocaciones plenas.

No eran dos mitades incompletas. Eran dos personas libres que se ayudaban mutuamente a permanecer fieles.

La noche no desapareció

Solemos contar las decisiones valientes mirando el resultado. Sabemos que Clara se convirtió en santa. Conocemos las iglesias, pinturas y comunidades que llevan su nombre. Así, su partida puede parecer inevitable.

Para ella, no lo era.

Al cruzar la puerta, Clara no conocía la historia del futuro. Tenía un llamado, algunos amigos que esperaban en el valle y luz suficiente para el siguiente tramo.

La valentía rara vez viene acompañada de garantías. A veces se parece a una mano que sostiene un ramo mientras los pies buscan la siguiente piedra en la oscuridad.

Lo que nos enseña la travesía de Clara

Hay decisiones que nadie puede tomar en nuestro lugar.

Eso no significa ignorar todo consejo ni actuar sin cuidado. Clara conversó, discernió y buscó apoyo. Pero, cuando llegó el momento, tuvo que ofrecer su propia respuesta.

También aprendemos que seguir una inspiración no consiste en copiar a otra persona. Clara vio una luz en Francisco y la recibió de un modo enteramente propio. Hizo nacer una comunidad que tenía voz, forma y belleza propias.

Tal vez todavía no veas el camino completo. Pregúntate solamente: ¿cuál es el próximo paso verdadero que la luz ya me permite dar?

La travesía bajo la luna

Abre un camino en la noche.

Clara no esperó que el día revelara todas las respuestas. Caminó con la luz que tenía e hizo de su propia elección una lámpara para otras mujeres.

La ciudad duerme. Una franja de luz de luna espera junto a la puerta.

Para quienes desean profundizar

Fuentes de este capítulo

  1. Carta de Benedicto XVI para el Año ClarianoContextualiza el encuentro con Francisco, la noche del Domingo de Ramos y la vocación de Clara.
  2. Lent with the Saints: ClareRelata la caminata de Asís a la Porciúncula y su entrega a una vida evangélica.
  3. Saint Clare of AssisiVisión general de la vida de Clara, de su consagración y de su comunidad en San Damián.

La cronología inicial de Clara varía: muchas obras indican 1212; otras, 1211. Detalles como la puerta, el ramo llevado durante la huida y las reacciones exactas provienen de tradiciones biográficas y se presentan con cautela.


Nota histórica: Clara nació alrededor de 1193 o 1194 y murió en 1253. Su Regla fue aprobada por el papa Inocencio IV poco antes de su muerte. Este relato evita reducir su vocación a la influencia de Francisco: los propios escritos de Clara dan testimonio de su voz y su discernimiento.