Francisco presenta un pequeño pergamino al papa ante sus primeros compañeros en Roma
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La vida de san Francisco de Asís · Capítulo IX

Una regla hecha de Evangelio

Doce hermanos caminaron hasta Roma llevando pocas palabras en un pergamino. Querían que el Evangelio se convirtiera en una forma de vivir.

Una comunidad sin manual

Cuando llegaron los primeros hermanos, Francisco recibió a cada uno como un regalo. Pero los regalos comenzaron a hacer preguntas muy concretas.

¿Cómo debían vivir? ¿Qué podían poseer? ¿Cómo trabajarían? ¿Qué harían cuando alguien los tratara mal? ¿Quién cuidaría las decisiones? ¿Cómo evitarían que aquella fraternidad se alejara de Jesús?

Al principio no había una biblioteca de reglamentos. Estaba el Evangelio.

Francisco ya había escuchado en la Porciúncula las instrucciones de Jesús a los discípulos enviados por el camino. Después, junto con Bernardo, había reconocido otras invitaciones: compartir con los pobres, llevar poco y seguir a Jesús. Aquellas palabras no eran adornos para una pared. Se convirtieron en decisiones diarias.

Los hermanos necesitaban transformar esa inspiración en una forma de vida.

Pocas palabras para toda una vida

Hacia 1209, cuando el grupo habría llegado a doce hermanos, Francisco reunió frases del Evangelio y algunas orientaciones sencillas. El texto original no ha llegado hasta nosotros. Las fuentes suelen llamarlo primera regla o forma de vida.

Probablemente era mucho más breve que las reglas franciscanas escritas después. No intentaba prever cada situación. En esencia decía: vivamos siguiendo los pasos de Jesús.

Parece sencillo. Y lo es. Pero sencillo no significa fácil.

Es sencillo decir «no lleves riquezas». Es difícil confiar cuando falta la comida.

Es sencillo decir «anuncia la paz». Es difícil responder con paz cuando alguien se burla de ti.

Es sencillo decir «somos hermanos». Es difícil compartir el espacio, escuchar opiniones contrarias y seguir amando.

Una regla evangélica no era una colección de frases bonitas. Era una pregunta repetida ante cada decisión: ¿qué se parece más a Jesús?

¿Por qué ir hasta Roma?

En aquel tiempo había grupos religiosos que recorrían las ciudades predicando y proponiendo cambios. Algunos entraron en conflicto con la Iglesia. Otros despertaban desconfianza entre las autoridades.

Francisco no quería que los hermanos vivieran separados de la comunidad de la Iglesia. Por eso decidió buscar la aprobación del papa.

Roma quedaba lejos de Asís. El viaje se hacía a pie por caminos difíciles. No partieron en carruajes lujosos ni con un gran documento cubierto de sellos. Llevaron la pequeña forma de vida y la esperanza de ser escuchados.

Imagina a doce hombres con túnicas pobres entrando en una ciudad llena de iglesias, peregrinos, comerciantes y autoridades. En el centro de aquel mundo estaba el papa Inocencio III, uno de los dirigentes más poderosos de Europa.

El contraste no podía ser mayor.

Una puerta que no se abrió de inmediato

Las primeras biografías relatan la visita de maneras diferentes. Coinciden en que Francisco encontró dificultades antes de ser recibido. La forma de vida parecía severa. ¿Sería posible vivir sin propiedades y cuidar de todos? ¿Permanecería fiel el grupo? ¿Resistiría la propuesta el paso del tiempo?

Esas dudas no eran necesariamente malicia. Una decisión responsable debía pensar en las consecuencias.

El cardenal Juan de San Pablo, obispo de Sabina, habría ayudado a Francisco. Conoció la propuesta, hizo preguntas y comprendió que prohibir aquella vida podía parecer un rechazo de los propios consejos del Evangelio.

Una tradición famosa añade que el papa soñó con la basílica de San Juan de Letrán inclinada, casi derrumbándose. Un hombre pequeño y pobre la sostenía con los hombros. Al reconocer a Francisco en aquel hombre, Inocencio habría entendido que esa fraternidad podía ayudar a renovar la Iglesia.

No podemos verificar un sueño como verificamos una carta. Pertenece al lenguaje espiritual de las biografías. Sin embargo, su imagen conserva una verdad importante para los franciscanos: reconstruir la Iglesia no significaba conquistar un trono, sino sostenerla con una vida humilde.

Una aprobación de palabra

Hacia 1209 o 1210, Inocencio III dio una aprobación oral a la forma de vida de los hermanos. También les permitió anunciar la conversión y la paz, dentro de ciertos límites.

Todavía no era la confirmación solemne que recibiría la Regla en 1223. Aun así, fue un momento decisivo.

Francisco y los hermanos no salieron de Roma como hombres ricos o poderosos. Salieron autorizados para continuar una experiencia frágil.

A veces imaginamos una aprobación como la meta. Para ellos era el comienzo de una responsabilidad mayor. Ahora debían vivir lo que habían prometido.

Un «sí» no termina el camino. Abre espacio para que la promesa se convierta en práctica.

El Evangelio adquiere pies

De regreso a los caminos, los hermanos trabajaban, cuidaban a las personas y anunciaban la paz. Pedían alimento cuando el trabajo no bastaba. Evitaban guardar dinero. Procuraban no dominar las casas donde los recibían.

No todos hacían las cosas del mismo modo. El grupo crecía y surgían nuevos problemas. Ser fiel a una inspiración pequeña dentro de una fraternidad cada vez mayor exigiría escucha, corrección y paciencia.

En 1221, una regla más extensa recogió muchas enseñanzas y situaciones acumuladas a lo largo de los años. Se llama Regla no bulada, porque no recibió una bula de aprobación solemne.

En 1223, otra versión más breve fue confirmada por el papa Honorio III mediante la bula Solet annuere. Es la Regla que profesan hasta hoy los Hermanos Menores.

Su comienzo conserva el corazón del primer pergamino:

«La regla y vida de los Hermanos Menores es esta: observar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo».

Se organizaron muchas palabras. El centro siguió siendo una Persona.

La Regla no es una prisión

La palabra «regla» puede recordar un letrero que dice «prohibido». Pero su origen también se relaciona con aquello que mide y orienta una línea. Una regla ayuda a percibir si algo se desvió.

Para Francisco, la Regla debía proteger una libertad: vivir sin convertir el dinero, el prestigio o el poder en dueños del corazón.

También protegía a los hermanos unos de otros. Si nadie podía comportarse como propietario de la fraternidad, el menor no debía ser aplastado por el más fuerte. Si el ministro era también servidor, guiar no significaba mandar para sentirse importante.

Ningún texto evita todos los errores. Los franciscanos tuvieron conflictos y atravesaron discusiones difíciles. Pero la Regla siguió planteando la misma pregunta: ¿esto todavía se parece al Evangelio?

¿Qué significa «sin nada propio»?

La pobreza franciscana no significa decir que la comida, el refugio y el cuidado no importan. Francisco conocía el hambre y sabía que un hermano enfermo necesitaba atención.

«Sin nada propio» significaba no construir la vida sobre el acto de poseer y controlar. Las cosas debían servir a las personas, nunca convertir a las personas en servidoras de las cosas.

Es una idea exigente también hoy.

Podemos poseer un objeto y usarlo para hacer el bien. También podemos tener pocos objetos y pasar todo el día deseando ser superiores. La pobreza exterior solo encuentra sentido cuando abre espacio para la generosidad, la confianza y la justicia.

Francisco no idealizaba el abandono de quienes sufren. Quería acercar a los hermanos a los pobres, no volver invisible el dolor de la pobreza.

Una página todavía abierta

El pequeño texto llevado a Roma no se conservó como objeto. Tal vez eso armonice con su historia.

Su fuerza nunca dependió de la belleza del pergamino. Dependía de lo que sucedía cuando alguien cerraba el libro y comenzaba a caminar.

Una regla hecha de Evangelio permanece abierta porque cada generación encuentra situaciones nuevas. Francisco no conoció las redes sociales, las ciudades con millones de habitantes ni la crisis ambiental como la conocemos. Pero su pregunta continúa viva.

¿Cómo hablar sin humillar? ¿Cómo usar sin desperdiciar? ¿Cómo trabajar sin explotar? ¿Cómo discrepar sin convertir al otro en enemigo? ¿Cómo permitir que la persona más frágil ocupe el centro?

La letra ofrece una dirección. El amor debe dar los pasos.

Lo que nos enseña el pequeño pergamino

Los grandes cambios pueden comenzar con pocas palabras tomadas en serio.

No necesitas escribir una regla con veintitrés capítulos para elegir una dirección. Puedes comenzar con una frase del Evangelio, una promesa honesta o una pregunta que te ayude a decidir.

Una buena regla no sirve para demostrar que somos mejores. Sirve para recordarnos quiénes deseamos llegar a ser cuando lo olvidamos.

Quizá la tuya quepa en una línea: hoy, ninguna persona será demasiado pequeña para recibir mi atención.

El pergamino que solo se abre al vivir

Desenrolla la pequeña Regla.

Las palabras de Francisco eran pocas. Su profundidad aparecía cuando alguien aceptaba caminar dentro de ellas.

El pergamino está cerrado. La primera palabra espera tus pasos.

Para quienes desean profundizar

Fuentes de este capítulo

  1. The Rule — Orden de Hermanos MenoresTexto oficial de la Regla confirmada por Honorio III en 1223 y su comienzo centrado en el Evangelio.
  2. Lent with St. Francis: Take Up Your CrossPresenta la tradición de los pasajes evangélicos que orientaron a Francisco y Bernardo.
  3. You Are All Brothers — Orden de Hermanos MenoresContexto sobre la primera fraternidad, su forma evangélica de vida y el viaje a Roma.

El texto de la primera forma de vida presentada a Inocencio III no sobrevivió. Su composición y la audiencia papal se reconstruyen mediante fuentes posteriores; en cambio, la Regla de 1223 ha llegado hasta nosotros en un texto confirmado.


Nota histórica: la aprobación oral suele fecharse en 1209, aunque algunos estudios señalan 1210. El sueño de Inocencio III sobre la basílica sostenida pertenece a la tradición hagiográfica y aquí se presenta como un símbolo narrado por las fuentes, no como un hecho verificable.