Francisco y sus primeros hermanos caminan juntos al amanecer por las colinas de Asís
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La vida de san Francisco de Asís · Capítulo VIII

Los primeros hermanos

Francisco pensaba que caminaría solo. Entonces Bernardo, Pedro, Gil y otros hombres comenzaron a llegar, y nació una fraternidad.

El hombre que parecía estar solo

Durante algún tiempo, Francisco fue una figura fácil de reconocer en las calles de Asís. Vestía una túnica áspera, trabajaba con sus propias manos y hablaba de paz. Algunos lo admiraban. Otros se reían de él. Muchos quizá no sabían qué pensar.

Había dejado la tienda de su padre, los banquetes y el sueño de ser caballero. Reparaba pequeñas iglesias, cuidaba a personas enfermas y pedía piedras para reconstruir paredes. No tenía una casa cómoda ni un plan para fundar una gran organización.

Parecía solamente un hombre que intentaba responder al Evangelio con toda su vida.

Pero una vida verdadera plantea preguntas silenciosas a quien la observa. Si alguien puede ser alegre con tan poco, ¿de dónde nace esa alegría? Si puede abrazar a quien todos evitan, ¿qué descubrió? Si perdió el lugar que ocupaba en la ciudad y aun así encontró paz, ¿qué empezó a ver?

Esas preguntas comenzaron a llegar a otras personas.

Bernardo observa la noche

Uno de los primeros en acercarse fue Bernardo de Quintavalle. Los relatos lo presentan como un hombre rico y respetado de Asís. Conocía la antigua fama de Francisco: el joven elegante, generoso en las fiestas y lleno de sueños. Ahora veía a la misma persona viviendo de un modo completamente diferente.

Bernardo sintió curiosidad. ¿Aquella pobreza era sincera o solo una representación? ¿La alegría continuaba cuando nadie miraba?

Una antigua tradición cuenta que invitó a Francisco a cenar y dormir en su casa. Durante la noche, fingió dormir y observó al huésped. Francisco se levantó y permaneció en oración.

No podemos reconstruir cada minuto de aquella noche. El relato se escribió para mostrar lo que Bernardo habría comprendido: Francisco no interpretaba un papel para la ciudad. Su vida oculta coincidía con su vida pública.

A la mañana siguiente, Bernardo habló de su deseo de seguir el mismo camino.

Francisco no respondió como dueño de todas las certezas. No le entregó un reglamento preparado. Propuso que fueran a escuchar el Evangelio.

La primera fraternidad franciscana no comenzó con alguien que dijera “yo lo sé todo”. Comenzó con dos personas que preguntaban juntas: “¿qué nos invita Jesús a vivir?”.

Tres páginas abiertas

Francisco y Bernardo fueron a una iglesia de Asís, tradicionalmente identificada como San Nicolás. Con ayuda de un sacerdote, abrieron tres veces el libro de los Evangelios, una forma medieval de buscar orientación en las Escrituras.

Las primeras biografías asocian aquel momento con tres invitaciones de Jesús:

  • compartir los bienes con los pobres;
  • no llevar riquezas ni seguridades durante el camino;
  • tomar la cruz y seguir a Jesús.

Francisco reconoció allí una especie de mapa. Según la tradición, dijo que esa sería su vida y la de todos los que quisieran unirse a la compañía.

Bernardo tomó en serio el llamado. Distribuyó sus bienes. Esto llamó la atención en la plaza. Un sacerdote llamado Silvestre, al ver tanto dinero entregado, habría reclamado una suma que consideraba que todavía se le debía por las piedras usadas en la iglesia de San Damián. Francisco puso monedas en sus manos. Más tarde, el propio Silvestre se uniría a los hermanos.

El episodio no presenta a personas perfectas que llegan ya preparadas. Presenta deseos, dudas, apegos y cambios. Una fraternidad no está formada por copias. Está formada por personas que permiten que el mismo amor transforme historias diferentes.

Pedro, Gil y quienes llegaron después

Otro hombre llamado Pedro de Catania aparece entre los compañeros más antiguos. No conocemos su historia con tanta claridad como quisiéramos. Fuentes posteriores lo describen como alguien instruido, quizá vinculado al derecho. Lo importante es que también dejó su antigua posición para vivir entre los menores.

Poco después llegó Gil, conocido también como fray Gil. La tradición dice que buscó a Francisco porque deseaba participar de aquella vida. Era sencillo, dispuesto a trabajar y lleno de frases breves que los hermanos conservarían durante muchos años.

Los nombres siguieron apareciendo: Felipe, Mórico, Sabatino, Juan, Bárbaro, Bernardo de Vigilante, Ángel y otros. Las listas y el orden exacto varían entre los relatos. Lo que queda claro es que, en poco tiempo, Francisco ya no estaba solo.

Venían de situaciones diferentes. Algunos tenían recursos. Otros sabían leer mejor. Otros trabajaban con las manos. Algunos habían conocido la guerra. Cada uno traía capacidades y también límites.

Francisco no los llamó empleados ni soldados. Los llamó hermanos.

El regalo que Francisco no planeó

Años más tarde, en su Testamento, Francisco escribió una frase muy importante:

“El Señor me dio hermanos”.

No dijo: “Encontré personas útiles para mi proyecto”. Tampoco: “Construí un equipo que obedecía mis ideas”. Para Francisco, cada hermano era un regalo recibido.

Pero los regalos también dan trabajo.

Cuando una persona vive sola, puede elegir sus horarios, sus silencios y casi todas sus decisiones. Cuando llegan otras, aparecen ritmos diferentes. Alguien camina más despacio. Alguien se irrita. Alguien entiende una tarea de otro modo. Alguien necesita cuidados precisamente el día en que todos están cansados.

La fraternidad no consiste en que nos gusten las mismas cosas. Consiste en aprender a no abandonar al otro cuando aparecen las diferencias.

Los primeros hermanos tuvieron que descubrir juntos dónde dormir, cómo conseguir alimento, cuándo orar, cómo trabajar y qué decir en las ciudades. No tenían los grandes conventos que surgirían más tarde. Se refugiaban en lugares modestos, como Rivo Torto, una construcción estrecha cerca de Asís.

Una fuente antigua cuenta que el espacio era tan pequeño que Francisco habría escrito el nombre de cada hermano sobre la viga correspondiente a su lugar. La escena quizá nos haga sonreír: una comunidad capaz de atravesar continentes comenzó intentando organizar dónde cabía cada uno en una choza.

De dos en dos por los caminos

Francisco enviaba a los hermanos por los caminos en pequeños grupos. Anunciaban la paz, invitaban a la conversión y trabajaban cuando podían. No siempre eran recibidos con bondad.

Su ropa pobre hacía que algunas personas sospecharan de ellos. Podían confundirlos con vagabundos o personas peligrosas. En ciertas ciudades fueron insultados. También sufrían hambre, frío y cansancio.

Cuando regresaban, contaban lo que había ocurrido. La fraternidad era un lugar de partida, pero también de regreso. Nadie tenía que cargar solo con todo lo vivido.

Este sencillo movimiento se convirtió en una de las fuerzas de la experiencia franciscana: salir sin dominar y volver sin creerse superior a los demás.

No llevaban un mensaje de lujo. El mensaje era la propia forma de caminar: sin armas, sin una bolsa llena y sin tratar como inferior a la persona que encontraban.

¿Por qué “hermanos menores”?

Con el tiempo, el grupo adoptó el nombre de Hermanos Menores. La palabra “fraile” proviene de una palabra que significa hermano. “Menor” no quería decir menos amado, menos inteligente o sin valor.

En la sociedad de Asís estaban los mayores, vinculados al poder y a las familias dominantes, y los menores, personas con menos influencia. Elegir ser menor era negarse a competir por quedar por encima de los demás.

Francisco no quería que sus hermanos formaran una nueva clase de poder. Debían permanecer cerca de los pequeños, trabajar, servir y tratar a cada criatura como parte de una casa común.

Ser menor no es pensar “no valgo nada”. Es saber: “mi valor no depende de poner a alguien debajo de mí”.

Una fraternidad más grande que la choza

Pronto aumentó el número de hermanos. La pequeña construcción de Rivo Torto no podía contenerlos. El grupo pasó a tener en la Porciúncula, la pequeña iglesia de Santa María de los Ángeles, un lugar especial de encuentro y oración.

Nada allí parecía anunciar un movimiento mundial. La capilla era pequeña. Las viviendas eran frágiles. Los hermanos no tenían cofres llenos.

Tenían una historia que podían vivir juntos.

El joven que deseaba que todo Asís gritara su nombre ahora se alegraba porque otros nombres eran pronunciados a su lado. Bernardo. Pedro. Gil. Silvestre. Cada llegada disminuía la soledad y aumentaba la responsabilidad.

Una luz no necesitaba apagar a la otra. Juntas lograban iluminar un camino más amplio.

Lo que nos enseñan los primeros hermanos

Hay sueños que solo descubren su verdadera forma cuando se comparten. Una persona comienza. Otra reconoce algo bueno. Una tercera aporta una capacidad que faltaba. Poco a poco, aquello que parecía pequeño cobra forma.

Pero el secreto no es reunir personas iguales. Es reunir personas dispuestas a escuchar el mismo bien.

Francisco nos enseña a recibir al otro como un regalo, no como una herramienta. Bernardo nos enseña a observar antes de seguir. Gil nos enseña que la sencillez también posee sabiduría. Los primeros hermanos nos enseñan que caminar juntos exige espacio para cada paso.

Tal vez haya alguien cerca de ti cuya pequeña luz solo necesita encontrarse con la tuya.

La fraternidad comienza así

Reúne las pequeñas luces.

Francisco no planeó una multitud. Recibió a un hermano, después a otro, y aprendió que ninguna luz necesita brillar sola.

Las luces aún están dispersas por las colinas.

Para quienes desean profundizar

Fuentes de este capítulo

  1. Bernard of Quintavalle: First Companion of Saint FrancisPresenta la tradición sobre Bernardo, la noche de oración y los tres pasajes del Evangelio.
  2. You Are All Brothers — Orden de Hermanos MenoresEstudio franciscano sobre la fraternidad como don y sobre la identidad de los hermanos menores.
  3. Meet the Mystics: St. Francis of AssisiContextualiza las primeras elecciones evangélicas de Francisco y sus compañeros.

Las escenas sobre la noche en casa de Bernardo, la apertura del libro y la vida en Rivo Torto provienen de tradiciones biográficas medievales. Comunican la memoria espiritual de los primeros hermanos, pero no funcionan como una grabación exacta de conversaciones y gestos.


Nota histórica: los relatos coinciden en que Bernardo de Quintavalle estuvo entre los primeros compañeros y que el grupo creció rápidamente. El orden exacto de las llegadas, algunas profesiones y ciertos detalles personales varían entre las fuentes.