La montaña del silencio
La Verna es una montaña de altas rocas, árboles antiguos y senderos estrechos. Se encuentra en la región de Toscana, lejos del movimiento de las ciudades. Un hombre llamado conde Orlando había permitido que Francisco y los frailes usaran aquel lugar para orar.
En 1224, Francisco subió a la montaña para pasar un tiempo en silencio. Estaba cansado. Su cuerpo acumulaba enfermedades. La fraternidad que había comenzado con unos pocos amigos ahora era enorme, y no todos entendían la pobreza y la sencillez del mismo modo que él.
Tal vez alguna vez hayas amado mucho algo y luego hayas descubierto que no podías controlar el rumbo que tomaba. Francisco conocía ese dolor.
En la montaña, no huyó de las personas por desprecio. Buscó un espacio para volver al centro: Jesús.
Llevó consigo a algunos compañeros, entre ellos fray León. En ciertos momentos, ellos permanecían cerca. En otros, respetaban la soledad de Francisco.
Allí, rodeado de piedra y bosque, oraba con una pregunta que había recorrido toda su vida: ¿cómo amar como Cristo?
Alegría y sufrimiento en una misma oración
Las primeras biografías cuentan que Francisco pidió experimentar dos cosas: el amor que llevó a Jesús a entregar la vida y el dolor que sufrió en la cruz.
Es importante comprender esto con cuidado. Francisco no enseñaba que debamos buscar heridas ni lastimar el cuerpo. Su vida muestra precisamente lo contrario: cuidaba a las personas enfermas, pedía alimento para los hermanos débiles y reconocía que había sido demasiado duro consigo mismo.
Su deseo era de cercanía, no de violencia.
Quería que el amor de Jesús dejara de ser solamente una historia contemplada desde lejos. Quería responder a ese amor por completo.
Para los cristianos, la cruz reúne sufrimiento y entrega. Muestra la crueldad humana, pero también una fidelidad que no abandona. Por eso, la oración de Francisco contenía tristeza y alegría al mismo tiempo.
La visión del serafín
Según los relatos franciscanos, durante la oración Francisco vio una figura misteriosa en el cielo: un serafín con seis alas y la imagen del Crucificado.
Los serafines aparecen en la Biblia como seres cercanos a Dios. En la experiencia de Francisco, la figura parecía unir fuego y cruz, belleza y sufrimiento.
Quedó asombrado. ¿Cómo podía una visión traer una alegría tan grande y, al mismo tiempo, una compasión tan dolorosa?
Cuando terminó la experiencia, aparecieron en sus manos, pies y costado marcas semejantes a las heridas de la crucifixión. Estas marcas se conocieron como estigmas.
Francisco no escribió una descripción del acontecimiento. También evitaba exhibirlo. Se cubría las manos y procuraba ocultar los pies. Muy pocos compañeros habrían observado las marcas mientras él vivía.
Esto concuerda con algo que ya conocemos de él: lo más sagrado no necesitaba convertirse en espectáculo.
Lo que podemos afirmar
Los estigmas son uno de los episodios más conocidos y más difíciles de estudiar en la vida de Francisco.
Las fuentes medievales relatan la visión y las marcas. Después de su muerte, personas cercanas dijeron haberlas visto. Fray León, que estaba en La Verna, es un testigo importante de la tradición vinculada a aquel período.
Al mismo tiempo, Francisco guardó silencio sobre la experiencia en sus propios escritos. No tenemos un examen médico, una fotografía ni un relato escrito por él que diga exactamente lo que sintió.
Por eso, las personas de fe y los historiadores pueden plantear preguntas diferentes. La fe cristiana reconoce los estigmas como un don espiritual y un signo de unión con Cristo. La investigación histórica estudia los testimonios disponibles, cuándo fueron escritos y cómo se transmitieron.
Este portal no necesita ocultar ninguna de esas preguntas. La honestidad no disminuye el misterio. Impide que usemos el misterio de forma irresponsable.
Cinco heridas, ninguna arma
Francisco había soñado con ser caballero. En su juventud, deseó armadura, estandarte y victoria. Muchos años después, su cuerpo llevaba cinco marcas, pero no eran trofeos conquistados sobre un enemigo.
Señalaban a alguien que se negó a vencer por la fuerza.
Es como si toda la antigua idea de heroísmo se hubiera invertido. El joven que deseaba herir en batalla se convirtió en un hombre marcado por la compasión.
Pero cuidado: esto no hace que el dolor sea bueno en sí mismo. El dolor sigue siendo dolor. Las heridas necesitan cuidados. La violencia nunca debe idealizarse.
El signo está en el amor que permanece cerca de quien sufre.
Una persona “marcada por el amor” no necesita tener heridas visibles. Puede ser alguien que aprendió a escuchar después de haber sido ignorado. Puede ser quien sufrió una pérdida y, en lugar de endurecerse, se volvió más atento a la tristeza de los demás.
El amor deja marcas cuando cambia nuestras decisiones.
Bajar de la montaña
Después de La Verna, Francisco no permaneció escondido para siempre. Tuvo que bajar.
Su cuerpo estaba más débil. Aumentaban las dificultades para caminar y ver. Los hermanos lo ayudaban. En algunos trayectos, necesitaba montar en un animal.
Recibir ayuda puede ser difícil para quien ha pasado la vida ayudando. Sin embargo, esa también fue una etapa de su pobreza: aceptar que no era autosuficiente.
Francisco había enseñado que todos somos hermanos. Ahora debía permitir que los hermanos cuidaran de él.
Hay humildad en ofrecer agua. También hay humildad en decir: “Necesito agua”.
La Verna no lo transformó en alguien por encima de las limitaciones humanas. Hizo más visible que la santidad y la fragilidad pueden habitar en una misma persona.
Cuando la fe no borra el dolor
A veces escuchamos que una persona con mucha fe nunca siente miedo, tristeza ni cansancio. La vida de Francisco no confirma eso.
Amaba profundamente a Dios y seguía enfermo. Oraba y aun así enfrentaba conflictos. Recibió una experiencia que consideró preciosa y, sin embargo, necesitó tratamiento, descanso y compañía.
La fe no consiste en fingir que nada duele. Consiste en no permitir que el dolor tenga la última palabra sobre aquello en lo que nos convertimos.
Si alguien está sufriendo, no debemos responder solamente: “Ten fe”. Podemos sentarnos a su lado, buscar a un adulto responsable, ofrecer cuidados y pedir ayuda profesional cuando sea necesario.
La compasión no observa la herida desde lejos. Se acerca con respeto.
El secreto que guardó fray León
Fray León fue un compañero muy cercano de Francisco. Una pequeña bendición que Francisco escribió para él ha llegado hasta nuestros días. En el mismo pergamino hay un dibujo de la Tau, signo que Francisco amaba.
La amistad de ambos nos recuerda que incluso las experiencias profundamente personales necesitan, a veces, una presencia segura cerca.
León no necesitaba entenderlo todo para permanecer. Podía acompañar, proteger el silencio y ayudar en el camino de regreso.
Ser amigo no es exigir acceso a todos los secretos. Es crear un lugar donde el otro no tenga que enfrentar solo aquello que todavía no puede explicar.
Lo que nos enseña La Verna
La Verna no es una historia sobre poderes especiales. Es una historia sobre semejanza.
Durante años, Francisco intentó vivir como Jesús: se acercó a los rechazados, compartió, perdonó y anunció la paz. En la tradición cristiana, los estigmas hacen visible lo que ya venía grabándose en sus decisiones.
Tal vez las marcas importantes de nuestra vida no aparezcan en la piel. Aparecen en la manera en que tratamos a alguien después de aprender la compasión. Aparecen cuando nos negamos a devolver una ofensa. Aparecen cuando usamos nuestra fuerza para proteger.
No necesitamos pedir sufrimiento. Podemos pedir un corazón que no huya de quien sufre.
Las cinco luces
Deja que el amor alcance tus decisiones.
Cada luz recuerda una forma de cuidado: manos que ayudan, pies que se acercan y un corazón que no cierra la puerta.
Las luces aún descansan en el silencio de La Verna.
Para quienes desean profundizar
Fuentes de este capítulo
- Commission on the Franciscan Intellectual-Spiritual Tradition — Los estigmasPresenta los testimonios, los límites de las fuentes y la cautela de los historiadores modernos.
- El octavo centenario de La VernaDocumento que sitúa la tradición de los estigmas en septiembre de 1224 y reflexiona sobre su significado.
- Audiencia sobre Francisco de AsísSíntesis biográfica que relaciona La Verna con la identificación espiritual de Francisco con Cristo.
Francisco no describió los estigmas en sus textos. El capítulo sigue a los primeros biógrafos y distingue la interpretación religiosa de aquello que la documentación histórica permite afirmar directamente.
Nota histórica: la tradición sitúa la experiencia de La Verna en septiembre de 1224, cerca de dos años antes de la muerte de Francisco. La fecha litúrgica más conocida es el 17 de septiembre, aunque documentos conmemorativos recientes también hacen referencia al 14 de septiembre. Las descripciones físicas varían entre las fuentes medievales.

