Francisco, muy frágil, descansa sobre la tierra junto a la Porciúncula, rodeado de hermanos mientras unas alondras cruzan la luz del atardecer
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La vida de san Francisco de Asís · Capítulo XV

Desnudo sobre la tierra

En sus últimos días, Francisco regresó a la pequeña Porciúncula y entregó incluso lo que ya no podía conservar: su propia vida.

La petición de volver

En 1226, Francisco sabía que su cuerpo estaba llegando al límite. Tenía unos cuarenta y cuatro años, pero las enfermedades, los viajes y los años de vida difícil lo habían debilitado profundamente.

Lo cuidaban cerca de Asís. Cuando comprendió que se acercaba la muerte, pidió que lo llevaran a la Porciúncula, la pequeña iglesia de Santa María de los Ángeles.

Era un lugar diminuto, pero guardaba casi toda su historia.

Allí había orado al comienzo de su conversión. Allí los primeros hermanos habían formado una fraternidad. Desde allí habían partido para anunciar la paz. Cerca de allí, Clara había iniciado su nueva vida.

Francisco no deseó morir en un palacio ni en una iglesia grandiosa. Quiso volver al lugar de los orígenes.

Cuando la vida se vuelve confusa, recordar el comienzo puede mostrar lo que realmente importa.

Mirar Asís por última vez

Los relatos cuentan que los hermanos cargaron a Francisco. En el camino, pidió que se detuvieran y lo volvieran en dirección a Asís.

Sus ojos casi no veían. Aun así, bendijo la ciudad.

Asís le había dado fiestas y prisión, familia y conflictos, amigos y rechazo. Allí había sido Giovanni, el hijo del comerciante. Allí había escuchado el crucifijo de San Damián. Allí se había quitado la ropa ante el obispo. Allí había abrazado una vida que nadie podía prever.

Francisco no bendijo una ciudad perfecta. Bendijo la ciudad real, llena de recuerdos buenos y dolorosos.

Perdonar un lugar no significa decir que todo lo ocurrido estuvo bien. Significa negarse a dejar que el dolor destruya la capacidad de desear el bien.

Después, los hermanos continuaron el camino hacia la Porciúncula.

Hermana Jacoba llega con cuidados

Una amiga romana de Francisco, Jacoba de Settesoli, forma parte de las tradiciones sobre sus últimos días. Era una mujer con recursos, valentía y una gran amistad con los frailes.

Francisco deseaba que ella fuera y llevara algunas cosas, entre ellas una tela para su sepultura y un alimento que le gustaba. Antes de que enviaran el mensaje —cuentan algunas fuentes—, Jacoba llegó.

Los frailes solían limitar la entrada de mujeres a sus espacios. Ante aquella amistad y aquella hora, Francisco habría dicho que la regla no tenía que aplicarse a ella de la misma manera.

Jacoba no llegó para pronunciar un discurso. Llegó llevando cuidados concretos.

La amistad verdadera sabe que el amor también necesita pan, tela, medicina, presencia y manos disponibles.

Incluso un hombre recordado por desprenderse de todo recibió, al final, el cuidado ofrecido por una amiga.

La última cena de los hermanos

Francisco pidió pan. Lo bendijo y lo compartió con sus compañeros.

El gesto recordaba la cena de Jesús con los discípulos. No era una representación perfecta; era un hombre frágil, rodeado de personas que sabían que pronto lo extrañarían.

Pidió que leyeran el pasaje del Evangelio de Juan en el que Jesús lava los pies de sus amigos. Ese texto había orientado su vida: el más grande se pone al servicio.

Francisco no dejó a los hermanos un secreto para conquistar poder. Les recordó el servicio.

Una comunidad puede construir iglesias, escribir libros y atravesar siglos. Si se olvida de lavar los pies —es decir, de servir con humildad—, pierde el camino.

El pan compartido decía: nadie atraviesa solo la hora difícil.

¿Por qué “desnudo sobre la tierra”?

Las biografías narran una petición que puede parecer extraña: Francisco quiso que lo colocaran desnudo sobre el suelo.

No era desprecio por el cuerpo. Tampoco era una escena creada para avergonzarlo. Era un signo de entrega.

Al comienzo de su conversión, había devuelto la ropa a su padre ante el obispo. Ahora, cerca de la muerte, deseaba mostrar nuevamente que no poseía nada, ni siquiera el tiempo que le quedaba.

Un hermano, por obediencia y caridad, le ofreció una túnica sencilla. Francisco la recibió como algo prestado, no como una propiedad.

El título de este capítulo conserva ese símbolo. En el arte de la página aparece cubierto, con dignidad, sobre una tela sencilla. Lo esencial no es la exposición del cuerpo. Es la libertad de una persona que ya no necesita aferrarse a nada.

Francisco vino de la tierra y confiaba en que volvería a ella sin dejar de pertenecer a Dios.

La bendición que no elige favoritos

Los hermanos querían escuchar sus últimas palabras. Algunos habían caminado con él durante muchos años. Otros habían llegado hacía poco. La fraternidad también conocía tensiones sobre el futuro.

Francisco bendijo a los presentes y a los ausentes.

Esta elección es importante. Al final, no elaboró una pequeña lista de personas que merecían amor. Su bendición intentó alcanzar también a quienes estaban lejos.

Sabía que los hermanos se equivocarían. Sabía que la Orden cambiaría. Aun así, les confió el Evangelio y el cuidado mutuo.

Amar una obra no consiste en controlarla para siempre. Llega un momento en que debemos entregarla a otras manos.

Los padres viven esto cuando los hijos crecen. Los maestros, cuando sus estudiantes siguen caminos propios. Los amigos, cuando un viaje separa al grupo.

Soltar no borra el amor. Puede ser su forma más difícil.

Las alondras del atardecer

Francisco amaba las alondras. Según Tomás de Celano, en la tarde de su muerte estas aves volaron sobre el lugar, aunque solían aparecer a otra hora. Daban vueltas y cantaban.

No podemos verificar el vuelo de aquel día como verificamos un registro moderno. El relato se conservó porque parecía concordar con toda la vida de Francisco.

El hombre que había llamado hermanas a las criaturas partía mientras pequeñas aves cruzaban el cielo.

Es una imagen delicada: abajo, los amigos lloraban; arriba, la creación seguía cantando.

Cuando alguien muere, el mundo no se detiene. Sale el sol, los pájaros vuelan, otras personas conversan. Eso puede parecer duro. Con el tiempo, también puede consolar. La vida que aquella persona recibió sigue produciendo movimientos que no vemos por completo.

La llegada de la Hermana Muerte

La noche del 3 de octubre de 1226, Francisco murió en la Porciúncula.

Los franciscanos llaman a este momento Tránsito o Transitus, palabra que significa paso. Por eso, su memoria se celebra la noche del 3 de octubre, mientras que la fiesta litúrgica de san Francisco de Asís tiene lugar el día 4.

Francisco había incluido a la Hermana Muerte en el Cántico. Ahora se encontraba con aquello que había cantado.

Sus compañeros sintieron tristeza. La fe no los convirtió en piedra. Llorar no era falta de esperanza; era prueba del vínculo.

Para los cristianos, la muerte no destruye a la persona ni pone fin al amor de Dios. Pero sigue siendo una despedida. Podemos sostener al mismo tiempo la esperanza y la añoranza.

Si perdiste a alguien, no necesitas apresurar tu corazón. Cada persona vive el duelo de una manera. Buscar a un adulto seguro, hablar, orar, dibujar o simplemente guardar silencio puede ayudar. La tristeza también merece compañía.

Lo que quedó en el suelo

Después de la muerte de Francisco, los hermanos miraron su cuerpo y las marcas que llevaba. Pronto comenzaron las despedidas y el camino hacia Asís.

Dos años más tarde, sería declarado santo. Se construiría una gran basílica. Los artistas cubrirían paredes con escenas de su vida. Personas de muchos países aprenderían su nombre.

Pero aquella noche no había basílica.

Había una iglesia pequeña. Tierra. Una tela. Pan compartido. Amigos. Alondras.

La grandeza que Francisco había buscado de niño finalmente lo encontró, pero de una forma que Giovanni nunca habría imaginado. No era la grandeza de poseer un reino. Era la de recordarle al mundo que toda persona puede ser hermana y que ninguna criatura es demasiado pequeña para recibir amor.

La historia no termina

Este es el último capítulo de esta parte de la vida de Francisco, pero no es el final de su historia.

Continuó en Clara y las hermanas pobres, en los frailes, en los laicos franciscanos, en las personas que cuidan a los enfermos, construyen la paz, protegen la creación y eligen una vida más sencilla.

También continúa cuando alguien de doce años decide no reírse del compañero excluido. Cuando una familia desperdicia menos. Cuando una persona pide perdón. Cuando el poderoso se inclina para servir.

Francisco no pidió que todos copiaran cada detalle de su vida medieval. Pidió a los hermanos que vivieran el Evangelio.

El suelo sobre el que se acostó no fue el punto final. Se convirtió en una línea de partida para quienes vinieran después.

Ahora esa línea llega hasta nosotros.

La luz que permanece

Deja partir. Conserva lo que ilumina.

Cada vida entrega algo de luz al mundo. Piensa en una enseñanza de Francisco que quieras llevar más allá de esta página.

La llama se despide del horizonte, pero todavía habita en tus manos.

Para quienes desean profundizar

Fuentes de este capítulo

  1. Commission on the Franciscan Intellectual-Spiritual Tradition — TransitusReúne las tradiciones sobre el regreso a la Porciúncula, los compañeros, Jacoba y la muerte el 3 de octubre.
  2. Audiencia sobre la vida de san Francisco de AsísSíntesis biográfica que sitúa su muerte en la Porciúncula y la tradición de descansar sobre la tierra.
  3. San Francisco de Asís, el Pobrecillo de AsísContextualiza la muerte en 1226, veinte años después del inicio de su conversión.

Los últimos días se relatan en diferentes biografías medievales, que seleccionan detalles con una finalidad espiritual. El capítulo preserva los elementos centrales compartidos por la tradición e identifica como tradición los episodios que no pueden verificarse de manera independiente.


Nota histórica: Francisco murió la noche del 3 de octubre de 1226 junto a la Porciúncula. Su fiesta se celebra el 4 de octubre porque, en la tradición litúrgica, la celebración comienza después de la vigilia de la noche anterior. El gesto de acostarse desnudo sobre la tierra aparece en las biografías como símbolo de pobreza completa; poco después recibió una túnica prestada por un hermano.