Un caballo pequeño ante un camino inmenso
El viento corre sin encontrar paredes. Hace que la hierba seca se incline y golpea el hábito de lana de los viajeros. A la derecha, dos frailes esperan ante un hombre montado en un caballo bajo y resistente. Más lejos, unas tiendas de fieltro forman un campamento tan grande que parece una ciudad capaz de ponerse en marcha.
Un fraile sostiene una carta. El otro escucha. Ninguno de ellos está allí por casualidad.
Esta escena inicial es una reconstrucción artística. El relato del viaje no describe un único encuentro con estas posiciones y estos gestos. Pero sus elementos pertenecen al mundo que Juan de Pian del Carpine conoció: la estepa, los caballos cambiados a lo largo de la ruta, los mensajeros, las tiendas y la necesidad de hablar por medio de varias lenguas.
Juan no fue a Oriente para conocer paisajes. El papa lo envió porque Europa tenía miedo.
Después de que los ejércitos desaparecieron
En 1241, las fuerzas mongolas destruyeron ejércitos en Polonia y Hungría. Incendiaron ciudades. Familias enteras murieron o fueron llevadas cautivas. Después, casi tan rápido como habían llegado, los grandes contingentes se retiraron hacia el este.
Los europeos no sabían si regresarían.
En 1245, durante el Concilio de Lyon, el papa Inocencio IV decidió enviar mensajeros. Uno de ellos era Juan de Pian del Carpine, fraile menor italiano y antiguo compañero de Francisco. Juan ya era un hombre de edad avanzada para un viaje tan duro —probablemente rondaba los sesenta años— y conocía la organización de la fraternidad en distintos países.
Partió de Lyon el 16 de abril de 1245. La carta Cum non solum pedía que cesaran los ataques, preguntaba qué pretendían hacer y hablaba de paz. Otra carta presentaba la fe cristiana.
Juan era un enviado diplomático del papa, encargado de entregar mensajes, obtener una respuesta y observar un poder que Europa apenas comprendía.
Benedicto emprende el camino
La misión avanzó por Bohemia y Polonia. En Breslavia —hoy Wrocław— se unió al grupo Benedicto de Polonia, un fraile capaz de ayudar con las lenguas eslavas. No fue un personaje secundario y silencioso. Se convirtió en compañero, intérprete y testigo del viaje.
Otro hermano, Esteban de Bohemia, enfermó y tuvo que quedarse en Kiev. Juan también estuvo tan enfermo que creyó estar cerca de la muerte. Aun así, escribió que lo llevaron en un carro, entre el frío y la nieve, para no interrumpir la misión.
Esa frase proviene del viajero. La realidad ya era dura: caminos inseguros, territorios devastados y la obligación de continuar cuando el cuerpo pedía descanso.
En Kiev, los habitantes les dieron un consejo importante. Los caballos procedentes del oeste morirían porque no sabían buscar hierba bajo la nieve como los animales de la estepa. Los frailes cambiaron de montura y pasaron a depender de las autoridades y las estaciones mongolas para continuar.
También aprendieron que un emisario sin regalos podía ser despreciado. Con las donaciones recibidas por el camino, compraron pieles para ofrecer. En aquel mundo diplomático, los regalos comunicaban respeto y posición.
Las cartas atraviesan lenguas
En febrero de 1246, Juan y Benedicto salieron de Kiev y llegaron a los primeros campamentos mongoles. Unos hombres armados aparecieron al ponerse el sol y preguntaron quiénes eran. Los viajeros respondieron: enviados del papa.
Cada encuentro exigía repetir la misión. Cada jefe podía enviarlos ante el siguiente o hacerlos esperar. Ante Batu, poderoso gobernante de las tierras occidentales del imperio, fue necesario traducir las cartas.
Juan registra una cadena de idiomas: latín, ruteno, una lengua que él llama «sarracena» —probablemente persa— y mongol. Una frase podía pasar por varias bocas antes de llegar a su destinatario.
¿Cuánto de un mensaje permanece igual después de tantas traducciones? Los frailes comprobaban lo que podían, pero no controlaban todas las palabras.
Antes de la audiencia con Batu, les pidieron que pasaran entre dos fuegos. Los anfitriones explicaron que era una purificación contra el veneno o las malas intenciones. Al principio los frailes se resistieron y después aceptaron, siempre que el gesto no significara abandonar la fe.
Fue una negociación delicada entre costumbres que podían malinterpretarse.
Nieve en junio
Batu determinó que los enviados fueran hasta el gran kan. A partir de allí, el camino se hizo aún más largo. Siguieron hacia el este a través de las estepas, acompañados por guías mongoles y cambiando de caballos para viajar con rapidez.
Juan describe ríos anchos, lagos, llanuras y regiones montañosas. El 29 de junio, encontró nieve y un frío intenso en la tierra de los naimanos. Era verano en el calendario, pero no para el cuerpo de los viajeros.
Se levantaban al amanecer y cabalgaban hasta la noche. A veces llegaban demasiado tarde para comer. En algunas etapas, recibían por la mañana la porción que debería haber sido la cena. Durante la Cuaresma, dijeron que vivieron principalmente de mijo con sal y agua; derretían nieve en una olla para beber.
Mensajeros, pastores, comerciantes y soldados recorrían aquellas tierras. La red mongola de caballos, guías y autoridades hizo posible la travesía. Sin ella, los frailes no habrían llegado.
La estepa no estaba vacía. Juan atravesó regiones habitadas por muchos pueblos, algunas conquistadas recientemente. Vio ruinas, campamentos organizados y una administración capaz de trasladar personas a lo largo de miles de kilómetros.
La ciudad que se movía
El 22 de julio de 1246, los viajeros llegaron al gran campamento donde se elegiría al nuevo soberano. Los estudiosos aún debaten el lugar exacto; no es seguro afirmar simplemente que Juan entró en la ciudad de Karakórum. Llegó a la corte imperial reunida en la región de Mongolia.
Tiendas de fieltro, carretas, caballos y enviados de muchos lugares cubrían el paisaje. La elección de Güyük, nieto de Gengis Kan, reunió a los jefes del imperio en un quriltai, una asamblea política.
El fraile observó cosas que admiró: la disciplina, la resistencia y ciertas costumbres de solidaridad dentro de la comunidad. También escribió con temor sobre las estrategias militares y el dominio sobre los pueblos vencidos.
Su mirada era atenta, pero no neutral. Llama a los mongoles por el nombre europeo «tártaros», juzga las religiones según criterios cristianos y a veces repite información que escuchó sin verificarla. En algunas páginas aparecen pueblos fantásticos heredados de antiguas historias europeas. Cuando dice «yo vi», su voz tiene un peso particular. Cuando dice «nos contaron», debemos mantener la distancia.
Ante Güyük
Los frailes esperaron varias semanas. No podían simplemente entregar la carta y marcharse. Los protocolos, las traducciones y la elección del soberano determinaban los tiempos.
Cuando entraron en la tienda de Güyük, los registraron y les advirtieron que no tocaran el umbral. Vieron a representantes que llevaban telas, pieles, caballos y otros regalos. Juan y Benedicto ya habían gastado casi todo lo que poseían.
La respuesta de Güyük rechazó la advertencia papal y exigió que el papa y los gobernantes de Occidente fueran a someterse. La carta, en persa y con un sello en caracteres mongoles, todavía se conserva en los archivos del Vaticano.
La misión no produjo la paz que Inocencio IV deseaba. Tampoco convirtió al gran kan. Su resultado fue más sobrio: abrió una comunicación directa y aportó información que antes llegaba como rumor.
El 13 de noviembre de 1246, los enviados iniciaron el regreso. Se enfrentaron de nuevo al invierno y a la distancia. Juan regresó a Lyon en noviembre de 1247, más de dos años después de la partida.
El libro que regresó con ellos
Juan escribió la Historia de los mongoles que llamamos tártaros. No es solamente un diario. Organiza lo que aprendió sobre territorio, costumbres, gobierno, religión, guerra y viajes. También advierte a los cristianos sobre la posibilidad de otra invasión.
Benedicto dejó un testimonio relacionado, conocido por una versión que recogió sus palabras. Por eso, no debemos narrar la misión como si un italiano hubiera comprendido por sí solo todas las lenguas y todos los caminos. La obra nació de un viaje compartido y de muchos intermediarios cuyos nombres casi desaparecieron.
Entre 1253 y 1255, Guillermo de Rubruck llegó a la corte de Möngke. Vinculado al rey Luis IX de Francia, deseaba visitar a los cristianos y hablar de la fe. Su misión no fue la misma que la de Juan; aun así, la corte lo trató como embajador.
Ambos textos permiten comparar observaciones. También revelan a sus autores: frailes latinos del siglo XIII, curiosos y valientes, pero cargados con los miedos, las creencias y los límites de su propio mundo.
Lo que permaneció de la estepa
Juan y Benedicto no «descubrieron» a los mongoles. Ya había pueblos que vivían y gobernaban en aquellas tierras. Los frailes regresaron con un relato europeo directo.
Hay una lección franciscana en esta historia, pero no necesita adornos inventados. Los frailes llegaron vulnerables, dependieron de extranjeros y descubrieron que observar es distinto de comprender por completo.
Cuando encontramos a un pueblo desconocido, podemos comenzar describiéndolo todo con nuestras propias palabras. Después, si somos humildes, comprendemos que también necesitamos aprender las palabras de ese pueblo.
En la imagen, la carta permanece cerrada por un instante. El mensajero sostiene las riendas. Los viajeros escuchan antes de continuar.
Tal vez la distancia más difícil no fuera la que separaba Lyon de Mongolia. Era la que separaba dos ideas del mundo, y que ningún camino, por sí solo, podía borrar.
Voces del viaje
Fuentes de este capítulo
- Juan de Pian del Carpine — El viaje a la corte de Güyük KanRelato directo de la misión de 1245–1247. Traducción al inglés de W. W. Rockhill, publicada y anotada por el proyecto Silk Road Seattle de la Universidad de Washington.
- Juan de Pian del Carpine — Historia de los mongolesTraducción completa del tratado. Permite distinguir la narración del viaje de los capítulos dedicados a la descripción, la estrategia y la información recibida de otras personas.
- Inocencio IV — Cum non solum, 1245Carta diplomática contemporánea. Pide el fin de las invasiones, pregunta por las intenciones mongolas e identifica a los frailes como portadores del mensaje.
- Dizionario Biografico degli Italiani — Giovanni da Pian del CarpineEstudio histórico moderno. Reconstruye el itinerario, las traducciones, la audiencia, la respuesta de Güyük y la redacción de la Historia Mongalorum.
- Boleslaw Szcześniak — la misión de Juan y BenedictoArtículo académico. Recupera el papel de Benedicto de Polonia y muestra que el viaje también implicó negociaciones en Polonia y Rutenia.
- Guillermo de Rubruck — Viaje a las regiones orientalesOtro relato franciscano directo, de 1253–1255. Sirve para comparar sin confundir la misión de Guillermo con la embajada papal de Juan.
Cómo leer este capítulo: las fechas, la ruta principal, el hambre, las traducciones, la corte y la respuesta diplomática proceden de relatos y documentos del siglo XIII. La escena inicial reúne elementos comprobados, pero es una reconstrucción. Juan fue testigo directo de muchas cosas, pero escribió como un enviado cristiano preocupado por una nueva invasión; también registró rumores y juicios propios de su época. Por eso, sus observaciones se presentan como valiosas, no como una visión completa o neutral de los pueblos mongoles.

