Buenaventura interrumpe la escritura y contempla la montaña por la ventana de una celda sencilla en La Verna
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Libro IV · Tinta, piedra y memoria · Capítulo 12

Buenaventura y la montaña del alma

En La Verna, el gran profesor y ministro franciscano buscó paz. Su montaña se convirtió en un camino entre creación, inteligencia, amor y silencio.

Buenaventura levanta la pluma y mira por la ventana.

Afuera, la roca de La Verna se eleva entre árboles y niebla. Treinta y cinco años antes, Francisco había estado en aquella montaña. Ahora, el hombre sentado ante el códice carga otro tipo de peso: escuelas, viajes, discusiones y miles de hermanos dispersos por muchos países.

Vino a buscar paz.

Sobre la mesa, las páginas todavía no tienen el título con el que atravesarán los siglos: Itinerarium mentis in Deum, el Itinerario de la mente hacia Dios.

Buenaventura no imagina una escalera escondida entre las nubes. Mira la montaña y reconoce un camino que pasa por el mundo, entra en el corazón, asciende por el pensamiento y termina en un silencio que ninguna explicación consigue poseer.

Antes de seguir ese camino, necesitamos conocer al fraile que sostiene la pluma.

El niño del que sabemos poco

Buenaventura nació en Bagnoregio, ciudad italiana levantada sobre una colina de roca volcánica. Su nacimiento se sitúa aproximadamente entre 1217 y 1221. Se llamaba Giovanni, o Juan, y era hijo de Giovanni di Fidanza. Otros detalles familiares son objeto de debate.

Él mismo dejó un recuerdo importante. En el prólogo de su Leyenda mayor de san Francisco, escribió que, cuando era niño, había sido arrancado de las «fauces de la muerte» por la invocación y los méritos de Francisco. Es un testimonio autobiográfico, aunque no permite reconstruir la enfermedad ni explicar cómo ocurrió la curación.

Una historia posterior cuenta que Francisco habría visto al niño curado y exclamado «¡Oh, buena ventura!», dándole el nombre de Buenaventura. La escena es hermosa, pero no aparece en el relato directo del propio autor. Tampoco sabemos si conoció personalmente a Francisco. Por eso, debe tratarse como tradición, no como un hecho seguro.

El niño sobreviviente creció. El siguiente paisaje decisivo no fue una montaña, sino una ciudad de estudiantes.

París: un bosque de preguntas

Hacia 1235, Giovanni llegó a París, principal centro universitario de la Europa latina. Allí estudió artes: lógica, lenguaje, filosofía y los textos de Aristóteles que estaban transformando las discusiones medievales.

Después ingresó en la Orden de Hermanos Menores, probablemente en 1243, y pasó a estudiar teología. Estudió con maestros franciscanos, entre ellos Alejandro de Hales. Comentó la Biblia y las Sentencias de Pedro Lombardo, libro utilizado para organizar grandes cuestiones cristianas.

Una clase medieval no era un salón con proyector. El maestro leía un pasaje, presentaba objeciones, comparaba autoridades y respondía. Los estudiantes copiaban mucho, discutían y ejercitaban la memoria.

Buenaventura se volvió hábil en ese trabajo. Pero París también era un lugar de conflicto. Algunos profesores seculares acusaban a los frailes mendicantes de ocupar espacios en la universidad sin respetar las mismas reglas. La disputa involucraba teología, poder, empleos y diferentes modelos de vida religiosa.

En 1257, después de una intervención papal, Buenaventura y el dominico Tomás de Aquino fueron reconocidos entre los maestros de la universidad. Sin embargo, ese mismo año Buenaventura recibió una tarea que lo alejaría de la carrera habitual de profesor.

Cuando el profesor recibió una familia entera

El 2 de febrero de 1257, Buenaventura fue elegido ministro general de la Orden de Hermanos Menores.

La fraternidad ya no era el pequeño grupo que cabía alrededor de Francisco. Había provincias, conventos, escuelas, misioneros, predicadores y responsabilidades pastorales. También había disputas sobre la pobreza. Algunos querían conservar una forma rigurosa de los orígenes; otros consideraban necesarios los edificios, los libros y las estructuras para servir y estudiar.

Buenaventura no resolvió todo con una frase. Visitó comunidades, escribió cartas, corrigió abusos e intentó conservar la pobreza dentro de una Orden que había crecido.

En el Capítulo General de Narbona, en 1260, se aprobaron constituciones que reunían y organizaban normas anteriores. Trataban sobre vestimenta, trabajo, formación, viajes, disciplina y gobierno. Buenaventura buscaba dar una forma común a hermanos que vivían realidades muy diferentes.

Esto explica por qué a veces se lo llama «segundo fundador». El título es posterior y puede exagerar, pero reconoce su enorme influencia.

Organizar también entraña un peligro: confundir unidad con uniformidad. La historia de Buenaventura conserva ambas cosas.

El hombre que escribió la vida de Francisco

El mismo capítulo pidió una nueva vida de san Francisco de Asís. Buenaventura trabajó con biografías anteriores y con recuerdos disponibles. Presentó la Leyenda mayor en 1263; esta se convirtió en la narración oficial utilizada por la Orden.

Esta obra es una fuente antigua e importante, escrita por un franciscano que vivió cerca de la generación de los primeros compañeros. Pero es una hagiografía: su finalidad es mostrar una vida santa y ofrecer un modelo espiritual. No plantea las mismas preguntas que una biografía moderna.

En 1266, el Capítulo General mandó retirar de circulación las vidas anteriores y destruir las copias. Era una manera medieval de establecer un texto oficial, pero provocó una pérdida. Afortunadamente, algunos manuscritos de las obras de Tomás de Celano y de otras tradiciones sobrevivieron fuera de ese control.

Hoy podemos leer a Buenaventura sin borrar las voces que él reorganizó.

Su imagen de Francisco ayuda a comprender su propio pensamiento: la vida visible puede convertirse en signo de una realidad invisible; la creación señala al Creador; el conocimiento necesita transformar a quien conoce.

El descanso en La Verna

En 1259, dos años después de su elección, Buenaventura se retiró por un tiempo en La Verna. Él lo cuenta en el prólogo del Itinerario. Fue a la montaña buscando la paz del espíritu y pensando en «ascensiones de la mente hacia Dios».

Allí recordó al serafín de seis alas que Francisco había contemplado en La Verna. Buenaventura no dice que haya tenido la misma aparición. Usó las seis alas como esquema de seis etapas de contemplación, seguidas por un séptimo momento de descanso.

Esta diferencia importa. La obra nació en un lugar sagrado para los franciscanos, pero no es el diario de una visión fantástica. Es un texto de oración y pensamiento, construido con enorme cuidado.

Y «mente» no significa solamente cerebro o inteligencia. La palabra latina mens incluye a la persona interior: memoria, entendimiento, deseo y amor.

Los primeros pasos: mirar hacia afuera

El camino comienza con el mundo que tocamos.

Para Buenaventura, las criaturas son vestigios, como huellas. Una hoja no es Dios. Una estrella no es Dios. Pero la existencia, la belleza, el orden y la vida pueden despertar la pregunta por su fuente.

En los dos primeros pasos, aprendemos a mirar el mundo y a percibir cómo entra en nosotros por medio de los sentidos. La vista recibe el color; el oído recibe el sonido; la memoria guarda; la inteligencia busca relaciones.

Esto no es abandonar la Tierra para subir al cielo. Es comenzar prestando atención.

Francisco cantaba al sol, al agua y al fuego como hermanos. Buenaventura ofrece un lenguaje teológico para esa intuición: el universo entero puede funcionar como un libro. Pero un libro de la creación necesita leerse con humildad. Quien destruye la página para poseerla no entendió el mensaje.

Después, entrar en uno mismo

En los pasos siguientes, el viaje se dirige hacia el interior.

Buenaventura observa que la persona puede recordar, comprender y elegir. Estas capacidades no prueban que seamos perfectos. Revelan que no somos solamente objetos empujados de un lado a otro.

Entrar en la mente no significa quedar atrapado contemplándose a uno mismo. Es hacerse preguntas como estas:

  • ¿Qué alimenta mi memoria?
  • ¿Mi inteligencia busca la verdad o solamente la victoria?
  • ¿Mi voluntad aprende a amar el bien?

El viajero descubre dentro de sí una imagen de Dios, pero también desorden, miedo y egoísmo. Por eso, el itinerario no es una técnica para personas superiores. Necesita gracia, conversión y ayuda.

Conocerse a uno mismo es abrir una puerta, no construir un trono.

Por encima de nosotros: unidad, bondad y Cristo

En los pasos quinto y sexto, Buenaventura invita al pensamiento a considerar a Dios como origen de todo lo que existe y como bondad que se comunica. Utiliza razonamientos filosóficos difíciles y contempla el misterio cristiano de la Trinidad.

Para un lector de doce años, podemos conservar esto: Dios no sería un objeto más dentro del universo, como la piedra más grande de la montaña. Sería la fuente por la que existen la montaña, la mirada y la propia capacidad de preguntar.

En el centro del camino está Cristo. Para Buenaventura, no llegamos a Dios acumulando ideas hasta volvernos invencibles. Cristo une al Creador y la creación, lo divino y lo humano, el sufrimiento y el amor. Él es camino y paso.

La razón avanza hasta reconocer su límite. Esto no humilla a la inteligencia. Una ventana no fracasa porque no consigue contener la montaña entera; cumple su misión cuando permite verla.

El séptimo momento: cuando la pluma se detiene

El último capítulo habla de descanso, éxtasis y paso. Las palabras se vuelven más breves ante aquello que intentan expresar.

Buenaventura no manda desechar los estudios. Él mismo era uno de los hombres más instruidos de su siglo. Afirma que leer sin deseo, investigar sin admiración y comprender sin amor no completan el camino.

Hay una diferencia entre conocer la composición del pan y alimentar a quien tiene hambre.

Para él, la sabiduría no consiste solamente en poseer información. Es experimentar el bien y dejarse transformar. El estudio prepara los ojos; la contemplación aprende a ver; el amor pone los pies nuevamente en el camino.

Así, la montaña del alma no termina lejos de las personas. Buenaventura regresó de La Verna al gobierno, a los viajes y a los conflictos de la Orden.

El silencio tendría que hacer más verdadero su servicio.

Del hábito al rojo que vino después

En 1273, muchos años después del Itinerario, el papa Gregorio X nombró a Buenaventura cardenal y obispo de Albano. Por eso, el arte posterior suele mostrarlo con sombrero y vestiduras rojas.

Esos símbolos no pertenecen a la escena de La Verna en 1259. Allí era ministro general y fraile de hábito pobre.

Como cardenal, participó en la preparación del Segundo Concilio de Lyon. Murió durante el concilio, el 15 de julio de 1274. Fue canonizado en 1482 y, a finales del siglo XVI, reconocido como Doctor de la Iglesia. Llegó a ser conocido como el Doctor Seráfico, por su teología marcada por el amor y por la imagen del serafín.

Su vida pasó de la pequeña Bagnoregio a la gran París; del salón universitario a los caminos; del gobierno a la celda de piedra; del códice abierto al silencio.

No eligió entre inteligencia y contemplación. Pasó la vida intentando que una corrigiera a la otra.

Para guardar en el corazón

No necesitas subir una montaña para comenzar el itinerario de Buenaventura.

Detente ante algo creado: un árbol, una nube, el rostro de alguien. Observa antes de darle un nombre. Después entra en ti mismo y percibe lo que esa presencia despierta. Por último, pregúntate cómo esa mirada puede hacerte más agradecido y cuidadoso.

Estudia algo difícil sin usar el conocimiento para humillar. Reza sin usar la oración para escapar de una tarea. Y permite que haya momentos en los que no necesites ganar una discusión ni llenar el silencio.

La pluma de Buenaventura se detiene ante la ventana.

No porque haya terminado de aprender.

Sino porque algunas verdades necesitan espacio para respirar.

Fuentes y caminos de lectura

Cómo conocemos a Buenaventura

  1. Itinerarium mentis in Deum — texto de BuenaventuraTraducción del texto directo, incluido el prólogo en el que el autor fecha la obra en 1259, sitúa su búsqueda de paz en La Verna y explica la imagen de las seis alas.
  2. Stanford Encyclopedia of Philosophy — BuenaventuraEstudio académico actualizado de Timothy Noone y R. E. Houser sobre cronología, obras, París, filosofía y gobierno de la Orden.
  3. Orden de Hermanos Menores — San Buenaventura de BagnoregioSíntesis franciscana de la formación, la enseñanza, las Constituciones de Narbona, las vidas de Francisco y la actividad como ministro general.
  4. Benedicto XVI — audiencia sobre BuenaventuraLectura de la relación entre Francisco, historia, gobierno de la Orden y el Itinerario concebido en La Verna.
  5. Library of Congress — Leyenda mayorEjemplar digitalizado de la obra de Buenaventura sobre Francisco, iniciada por mandato de la Orden en la década de 1260.
  6. Albert T. Haase — estudio crítico de la Leyenda mayorInvestigación académica sobre la redacción de la obra a partir de fuentes anteriores y su aprobación como narración oficial.

Las obras de Buenaventura son fuentes directas para su pensamiento y, en algunos prólogos, para recuerdos personales. La Leyenda mayor es una obra directa de Buenaventura, pero una biografía de Francisco, no de su autor. Las cronologías modernas dependen de registros universitarios, capítulos de la Orden y documentos papales. La exclamación «¡Oh, buena ventura!» pertenece a la tradición posterior y no se utilizó como explicación histórica de su nombre.