El obispo cubre al joven Francisco con un manto sencillo ante su padre, la ropa devuelta y los habitantes de Asís
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La vida de san Francisco de Asís · Capítulo VI

Libre hasta de la ropa

Ante el obispo y su padre, Francisco devolvió el dinero, la herencia y hasta la ropa. La libertad que eligió les costó mucho a todos.

La puerta de la casa se cerró

Cuando Pietro di Bernardone descubrió que Francisco había vendido telas y el caballo para ayudar a San Damián, no vio un hermoso gesto religioso. Vio desaparecer el patrimonio de su tienda y derrumbarse el futuro que había planeado para su hijo.

Pietro había trabajado para enriquecerse. Viajaba, negociaba, corría riesgos y conocía el valor de cada pieza de tela. Esperaba que Francisco continuara el negocio e hiciera crecer el nombre de la familia.

Ahora su hijo recorría iglesias pobres, convivía con personas rechazadas y decía querer una vida totalmente diferente.

Los relatos antiguos presentan la reacción del padre con mucha dureza. Buscó a Francisco, lo llevó de vuelta a casa e intentó hacer que abandonara aquel camino. Una tradición cuenta que su madre lo liberó mientras Pietro estaba ausente. Francisco regresó entonces a San Damián.

No necesitamos elegir un villano sencillo. El padre actuó de maneras que hirieron a Francisco. Al mismo tiempo, también era un hombre asustado que veía a un hijo amado romper de forma repentina con todo lo que la familia entendía como seguridad.

Una disputa que todo Asís podía ver

Pietro decidió llevar el asunto ante las autoridades de la ciudad. Francisco afirmó que, puesto que deseaba servir a Dios, debía responder ante la autoridad de la Iglesia. Así, el conflicto llegó al obispo de Asís, llamado Guido.

Imagina el peso de aquel día. La ciudad conocía a la familia. Muchos habían visto a Francisco en las fiestas, vestido con colores costosos. Ahora las personas se reunían para presenciar la disputa entre padre e hijo.

El obispo no le dijo a Francisco que una buena intención le permitía quedarse con el dinero. Le aconsejó devolverlo todo y confiar en Dios.

Esa orientación aportó claridad. Francisco no necesitaba financiar su vocación con aquello que su padre reclamaba. Si el llamado era verdadero, no dependería de las telas de Pietro.

Francisco buscó el dinero y lo puso delante de él.

Entonces hizo algo que nadie esperaba.

No solo el dinero

Según la tradición de los Tres Compañeros, Francisco dijo que devolvería no solo el dinero, sino también la ropa que había recibido de su padre.

Se quitó las prendas y las dejó junto a la suma.

Es una escena fuerte, pintada con frecuencia a lo largo de los siglos. Debe contarse con respeto. No se trataba de un espectáculo ni de desprecio por el cuerpo. Era un gesto jurídico y simbólico: Francisco renunciaba a la herencia y a la protección económica de la familia.

El obispo lo cubrió inmediatamente con su propio manto. La imagen es importante. Cuando una relación se rompía ante todos, alguien protegió la dignidad del joven.

Francisco declaró que, desde aquel momento, podía decir con libertad “Padre nuestro que estás en el cielo”, en vez de llamar a Pietro su padre.

Esas palabras pueden sonar hermosas en una pintura. En la vida real, deben haber dolido.

Una libertad que también tenía lágrimas

Es fácil convertir la escena en una victoria limpia: Francisco del lado correcto, Pietro del lado equivocado. Pero las personas no son piezas de un tablero.

Francisco eligió una libertad radical. Pietro perdió el futuro que había imaginado para su hijo. No sabemos todo lo que Francisco sintió al mirarlo. Tampoco sabemos todo lo que el padre cargó al volver a casa.

La santidad de Francisco no exige que celebremos la herida familiar. Nos invita a percibir el costo de sus decisiones y la forma todavía imperfecta en que aprendía a vivirlas.

Más tarde, su mensaje estaría lleno de fraternidad y paz. Sin embargo, en aquel patio había un conflicto que no supo o no pudo resolver.

Algunas decisiones correctas siguen siendo dolorosas. El dolor no demuestra que la decisión sea equivocada; tampoco nos autoriza a ignorar a quien fue herido. La madurez puede sostener ambas verdades.

Lo que quedó en el suelo

En el suelo estaban las telas, las monedas y quizá la última imagen del joven rico que Francisco había sido.

La ropa dice cosas. Puede mostrar profesión, grupo, riqueza, gusto y posición social. A Francisco le gustaba vestirse bien. Cuando devolvió sus prendas, no soltó solamente telas. Abandonó el intento de construir su valor con aquello que los demás admiraban.

Nosotros también vestimos cosas invisibles.

Está la ropa de quien necesita parecer siempre divertido. La armadura de quien nunca pide ayuda. El manto de quien solo se siente importante cuando gana. El disfraz de una vida perfecta en las redes sociales.

No es necesario desechar toda ropa. Tampoco poseer algo es automáticamente malo. La pregunta franciscana es otra: ¿yo poseo esto o esto me posee a mí?

Cuando una cosa comienza a gobernar nuestras decisiones, pesa más de lo que parece.

Cubierto por un manto sencillo

El obispo cubrió a Francisco. Algunas fuentes dicen que después le dieron una prenda pobre, quizá perteneciente al jardinero del obispo. Francisco trazó sobre ella una cruz sencilla.

Él, que había deseado el brillo de una armadura, ahora vestía una tela gastada.

Eso no lo transformó de inmediato en el fraile de hábito marrón que aparece en tantas imágenes. La forma de la vestimenta franciscana surgiría con el tiempo. En aquel momento se parecía más a un penitente o un ermitaño.

Pero ya había ocurrido un cambio esencial: la pobreza dejaba de ser solamente una condición sufrida por otras personas y se convertía en una elección que orientaría su vida.

Hay que tener cuidado al hablar de esto. La pobreza impuesta no es romántica. El hambre, la falta de vivienda y la ausencia de cuidados son injusticias que deben combatirse. Francisco no quería que las personas fueran abandonadas. Eligió vivir con poco para no construir su seguridad sobre el exceso y para poder estar al lado de quienes tenían poco.

La alegría atraviesa el bosque

Después de la ruptura, los relatos cuentan que Francisco caminó por el bosque cantando alabanzas en francés, lengua que había aprendido en las canciones vinculadas a la tierra natal de su madre.

El camino no se volvió fácil. En un pasaje, fue atacado por ladrones, que se burlaron de él y lo arrojaron a un lugar lleno de nieve. Salió y siguió cantando.

No sabemos cómo enfrentó su cuerpo cada momento. La tradición quiere mostrar una libertad que ya no dependía del aplauso. Antes, Francisco cantaba para ser el centro de la fiesta. Ahora cantaba incluso cuando nadie lo admiraba.

Todavía necesitaría ayuda. En Gubbio, un amigo le dio ropa. En otros lugares, trabajaría a cambio de alimento. Elegir no poseer no significaba dejar de depender de la generosidad humana. Al contrario: descubría que la vida es una red de dones recibidos y ofrecidos.

La libertad no consiste en huir de toda responsabilidad

Un niño o adolescente no debe imitar a Francisco saliendo de casa, entregando sus pertenencias o desobedeciendo a quienes lo cuidan. Este acontecimiento pertenece a la vida de un adulto joven, en una sociedad muy diferente, ante una vocación excepcional.

Lo que hoy se puede vivir es el corazón del gesto:

  • decir la verdad sobre aquello que nos ata;
  • devolver lo que no es nuestro;
  • no medir nuestro valor por las marcas y la apariencia;
  • compartir responsablemente lo que tenemos;
  • pedir orientación cuando una decisión cambia nuestra vida.

El propio Francisco escuchó al obispo. La libertad no consistió en hacer cualquier cosa. Consistió también en aceptar una orientación que le exigió devolver el dinero.

El nombre que no dependía de la herencia

Francisco había perdido, por elección, la seguridad vinculada al nombre Bernardone. Pero no se quedó sin identidad.

Comenzaba a descubrir que su valor existía antes que su ropa, su dinero y la aprobación de la ciudad. Para la fe cristiana, cada persona es hija amada de Dios antes de conquistar cualquier título.

Esa verdad no nos hace superiores a los demás. Hace lo contrario: si mi valor es un don, no necesito disminuir a nadie para sentirme más grande.

En el patio del obispo, Francisco parece haberse quedado sin nada. En realidad, llevaba una pregunta capaz de liberar cualquier corazón: ¿qué queda de mí cuando retiro aquello que uso para impresionar?

Tal vez quede lo más verdadero.

El manto de la libertad

Deja caer lo que pesa.

Nombra en silencio una apariencia que te cansaste de sostener. No necesitas demostrar tu valor para merecer amor.

Lo que cae al suelo no se lleva consigo quien eres.

Para quienes desean profundizar

Fuentes de este capítulo

  1. Leyenda de los Tres CompañerosFuente medieval para la disputa familiar, el consejo del obispo y la renuncia de Francisco.
  2. San Francisco de Asís, restaurador de iglesiasContexto narrativo franciscano sobre la devolución de los bienes y los primeros días de pobreza.
  3. Siete momentos de la vida de san Francisco de AsísSíntesis contemporánea de la renuncia ante el obispo de Asís.

Las fuentes se escribieron dentro de una tradición religiosa y destacan el sentido espiritual del gesto. Registran poco sobre los sentimientos de Pietro y de la madre de Francisco; por eso, este capítulo no inventa certezas sobre su interior.


Nota histórica: el obispo de Asís de este período suele identificarse como Guido. La fecha exacta y algunos detalles de la escena varían en las cronologías, pero la devolución de los bienes y la ropa, y la protección ofrecida por el obispo, son elementos centrales de la tradición más antigua.