En el interior pobre de San Damián, Clara hila junto a las hermanas mientras una de ellas cubre con cuidado a una hermana enferma
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Libro IV · Los que permanecieron · Capítulo 05

Clara y las hermanas de San Damián

Entre muros fríos, oración, hilos, enfermedades y decisiones difíciles, Clara y sus hermanas hicieron de San Damián una casa donde la pobreza debía tener el rostro del cuidado.

La casa despierta antes del amanecer

Todavía está oscuro cuando San Damián comienza a despertar. La pequeña iglesia se encuentra debajo de las murallas de Asís. Sus piedras guardan el frío de la noche. Una hermana enciende la lámpara. Otra se acomoda sobre los hombros una túnica áspera. No se oye el ruido de una ciudad, solo pasos leves, madera y voces que comienzan a rezar.

Algunas hermanas saben leer el Oficio Divino en pequeños libros. Otras no aprendieron a leer y rezan una secuencia de padrenuestros. La propia Regla de Clara contempla ambas posibilidades. Nadie es considerada menos hermana por no reconocer las letras del pergamino.

Este comienzo es una reconstrucción. Ningún documento describe una mañana completa, minuto a minuto. Sin embargo, las piedras de San Damián todavía existen, y la Regla escrita por Clara revela los ritmos de la casa: oración, ayuno, trabajo, silencio, reuniones, cuidado de las enfermas y decisiones tomadas en comunidad.

Aquí no repetiremos la noche en que Clara dejó a su familia. Esa travesía ya fue contada. Ahora la puerta se cierra detrás de ella y comienza otra aventura: vivir durante décadas con personas reales, en habitaciones estrechas, en los días santos y en los días en que alguien despertaba cansada.

No era un castillo de mujeres perfectas

La comunidad recibió el nombre de Hermanas Pobres. Más tarde sería conocida como Orden de Santa Clara. Entre las primeras estaban Inés, hermana de Clara, y mujeres llamadas Pacífica, Benvenuta, Filipa, Cecilia, Amata, Balbina y otras cuyas voces han llegado hasta nosotros.

Conocemos sus nombres porque, pocos meses después de la muerte de Clara, en 1253, una comisión escuchó a las personas que la habían conocido. Quince hermanas de San Damián y cinco habitantes de Asís respondieron preguntas bajo juramento. Este Proceso de Canonización es una ventana extraordinaria: las testigos no vivieron siglos después; varias compartieron la casa con Clara durante veinte, treinta o más años.

Aun así, es necesario leerlo con atención. Ellas testificaban para demostrar que Clara era santa. Recordaban virtudes, curaciones y acontecimientos maravillosos, no la lista de compras de cada semana. Cuando varias hermanas repiten que Clara cuidaba a las enfermas y realizaba trabajos humildes, encontramos una memoria comunitaria muy sólida. Cuando una sola voz relata un milagro, sabemos que ese es el testimonio de su fe, no una experiencia que la historia pueda comprobar.

San Damián no era un cuadro donde nadie se irritaba. La Regla manda pedir perdón cuando una palabra o un gesto hiere a otra hermana y advierte a la abadesa que no se altere por la falta de alguien. Reglas así existen porque los conflictos existen.

Lino, huso y manos ocupadas

Después de la oración de la mañana, había trabajo. Clara determinó que cada tarea se distribuyera en el capítulo, la reunión de la comunidad, y se realizara para el bien común. El trabajo no podía apagar «el espíritu de santa oración y devoción». Tampoco debía servir para que una hermana acumulara cosas propias.

El Proceso cuenta que Clara hilaba. En aquel siglo no se sentaba frente a una máquina moderna. Usaba fibras, una rueca y un huso, estirando y retorciendo el hilo con las manos. Las hermanas transformaban el material en corporales y paños usados en el altar. Los frailes los llevaban a iglesias de las colinas y de la llanura de Asís.

Es una imagen hermosa, pero nada fácil. Hilar exige repetición y atención. Los dedos se resecan. Hay poca luz. Un hilo se rompe y hay que unirlo otra vez. Clara continuó trabajando incluso durante sus largos años de enfermedad.

Las hermanas no fabricaban lujos para sí mismas. Algo comenzaba en una sala pobre y llegaba a pequeñas iglesias. La clausura no volvía inútiles sus manos para el mundo.

La habitación de las enfermas

Clara enfermó cuando todavía era relativamente joven y pasó gran parte de sus últimas décadas con limitaciones cuya causa exacta desconocemos. Las fuentes usan palabras generales; no podemos darle un diagnóstico moderno.

Sin embargo, su Regla es muy concreta sobre la enfermedad. La abadesa debe preguntar qué necesita la enferma, ofrecerle alimento y otras cosas necesarias y cuidarla con bondad. Una hermana enferma podía usar un colchón de paja, una almohada de plumas, calcetines de lana y una manta. Podía quedar dispensada del ayuno.

Esto corrige una idea peligrosa: la pobreza no consiste en negar cuidados. La casa podía tener pocos recursos, pero la debilidad de alguien creaba una obligación para todas.

Pacífica, Benvenuta y Filipa testificaron que Clara lavaba recipientes usados por las enfermas, les ofrecía agua y realizaba tareas que una mujer noble de su época había aprendido a dejar en manos de los sirvientes. También recordaron que atravesaba el dormitorio por la noche para cubrir a quien sintiera frío.

Tal vez ninguna pintura pueda mostrar todo el peso de esos gestos. Había que ir a buscar el agua. Había que lavar los paños. El olor de la enfermedad no desaparecía por causa de unas palabras hermosas. La santidad narrada por las hermanas tenía manos y rodillas.

Cuando la madre también es sierva

Clara era llamada abadesa, pero durante algún tiempo se resistió al título. Cuando asumió la responsabilidad, no la describió como un lugar por encima de las demás.

En la Regla, la comunidad participa en la elección de la abadesa. Si deja de servir al bien común, se debe elegir a otra. La responsable necesita guiar más con el ejemplo que con el cargo, consolar a quien sufre y ser el último refugio de quien está afligida. Clara escribe algo todavía más sorprendente: la abadesa debe relacionarse con las hermanas como una sierva ante sus señoras.

Esto no significa que nadie recibiera corrección. La casa tenía disciplina, ayunos y penitencias que hoy pueden parecer severos. Sin embargo, la autoridad no debía nacer del miedo.

Un antiguo recuerdo cuenta que Clara lavaba los pies de las hermanas que servían fuera. En cierta ocasión, una de ellas, avergonzada, retiró el pie y golpeó el rostro de Clara. La escena aparece en el Proceso con pequeñas diferencias entre las testigos. El núcleo es cercano a la comunidad: Clara tomó de nuevo el pie y completó el gesto de servicio.

No necesitamos convertir cada detalle en una fotografía exacta. La historia fue conservada porque mostraba la inversión que las hermanas reconocían: la antigua hija de nobles arrodillada ante una servidora.

Muros que no borraban el mundo

La vida en San Damián incluía la clausura. La Regla habla de puertas, llaves, una portera y permisos para entrar o salir. Sería un error imaginar aquellas disposiciones únicamente como una prisión elegida por mujeres frágiles. La clausura formaba parte del modo de vida religiosa medieval que Clara escribió y defendió, pero también fue moldeada por decisiones de la Iglesia sobre las comunidades femeninas. Libertad y límite habitaban el mismo muro.

No todas las hermanas realizaban las mismas tareas. Algunas servían fuera del área cerrada. Los frailes llevaban alimento, celebraban y predicaban. Los mensajes viajaban hasta Roma y Praga. Clara escribió cuatro cartas que se conservan dirigidas a Inés de Praga, una princesa que había elegido una vida semejante.

Al orientar a las hermanas que salían, Clara les pedía que alabaran a Dios al ver árboles, flores, personas y otras criaturas. El jardín y el camino seguían entrando en San Damián a través de sus ojos.

El silencio no era ausencia del mundo. Era una manera de escucharlo sin pertenecer a la disputa por el prestigio.

La resistencia del pergamino

Clara no empuñó una espada. Su resistencia estuvo hecha de peticiones, negativas, cartas y perseverancia.

Las autoridades de la Iglesia deseaban ofrecer propiedades e ingresos estables a las comunidades de mujeres. Parecía prudente: ¿cómo alimentarlas en el futuro? Clara temía que esa seguridad destruyera la forma de pobreza vivida desde el comienzo. Un documento papal de 1228 confirmó para San Damián el llamado Privilegio de la Pobreza, el derecho a no ser obligado a aceptar posesiones. La tradición vincula una concesión anterior con el papa Inocencio III, pero el texto seguro que poseemos proviene de Gregorio IX.

Clara no decía que pasar hambre fuera bueno. Su Regla manda atender las necesidades y recibir limosnas. Lo que rechazaba era construir la seguridad de la comunidad sobre propiedades y dominio.

Durante años se propusieron diferentes reglas para las comunidades de mujeres vinculadas al movimiento franciscano. Clara escribió su propia forma de vida, retomando elementos franciscanos y dando forma jurídica a la experiencia de San Damián. El papa Inocencio IV la confirmó en agosto de 1253, pocos días antes de su muerte.

Fue un logro poco común: una mujer medieval entregaba a la Iglesia una Regla escrita para sus hermanas, y esa Regla protegía aquello que ellas habían aprendido viviendo juntas.

El secreto de San Damián

La piedra solo se convierte en casa cuando alguien cuida.

Clara no preservó la pobreza como una pieza antigua guardada detrás de un vidrio. La transformó en relaciones: ninguna hermana poseía a otra, la autoridad servía, el trabajo pertenecía al bien común y la persona enferma podía pedir aquello que necesitaba.

Las cosas que permanecieron

En 1260, algunos años después de la muerte de Clara, la comunidad dejó San Damián y se trasladó al nuevo monasterio junto a la basílica dedicada a ella. La antigua casa permaneció. Todavía pueden verse la iglesia, el refectorio y los espacios vinculados con la enfermería, aunque algunas partes del conjunto cambiaron en los siglos siguientes.

Más importante que las piedras es el testimonio de las hermanas. Pacífica recordó el hilo. Benvenuta recordó los pies lavados. Filipa recordó el cuidado nocturno. Clara dejó cartas, Testamento y Regla.

No escuchamos todas las voces. Algunas hermanas aparecen solo por su nombre; otras desaparecieron de los documentos. Pero lo poco que quedó basta para abrir la puerta.

Entramos esperando encontrar a una santa aislada. Encontramos una comunidad: una hermana lee, otra reza de memoria, otra hila, una corrige, otra pide perdón, una está enferma y alguien se levanta para cubrirla.

Afuera, la Edad Media sigue ruidosa. Adentro, unas manos pacientes vuelven a unir el hilo que se rompió.

Piedras documentales

Fuentes de este capítulo

  1. Regla, Testamento y Cartas de santa Clara de Asís — Franciscanos de IrlandaEscritos de Clara. Fundamentan los ritmos de oración, trabajo, cuidado de las enfermas, gobierno comunitario, pobreza y sus propias palabras a las hermanas.
  2. Joan Mueller — A Companion to Clare of Assisi (Brill)Estudio académico. Cita y analiza los testimonios del Proceso de Canonización sobre el servicio, la enfermedad, el trabajo y la vida en común.
  3. L’Osservatore Romano — pobreza y trabajo en ClaraRelaciona el hilado de los paños de altar, la utilidad común del trabajo y la resistencia de Clara en favor de la pobreza.
  4. Benedicto XVI — audiencia sobre santa Clara de AsísPresenta el valor histórico de los testimonios ofrecidos poco después de la muerte de Clara y el carácter excepcional de su Regla.
  5. Santuario de San Damián — historia de los espaciosIdentifica la estructura medieval, el refectorio y el área usada como dormitorio de las hermanas enfermas, distinguiéndolos de ampliaciones posteriores.

Cómo leer este capítulo: la mañana inicial y la última escena son reconstrucciones literarias basadas en los ritmos de la Regla; no se presentaron como episodios documentados. Las acciones atribuidas a Clara provienen de sus escritos o de los testimonios cercanos, indicados en el texto. Los milagros recordados en el Proceso pertenecen al testimonio religioso de las hermanas y no se utilizaron como prueba histórica de acontecimientos sobrenaturales.