Francisco enseña a un pequeño grupo de hermanos en un antiguo claustro de piedra iluminado por una lámpara
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Libro V · Los escritos · Manuscrito 04

Las Admoniciones

Veintiocho pequeñas ventanas al corazón: enseñanzas de Francisco sobre humildad, paz, obediencia, envidia y alegría escondida.

Imagina una sala sin pizarra, sillas alineadas ni libro de texto. Algunos hermanos están sentados en el suelo. Uno regresó irritado de una tarea. Otro desea ser admirado porque reza bien. Un ministro necesita corregir sin humillar. Francisco habla, quizá brevemente, y sus palabras siguen obrando después de que termina la reunión.

No sabemos si las Admoniciones nacieron exactamente así. La colección no incluye fechas, lugares ni nombres de oyentes. Reúne veintiocho breves enseñanzas atribuidas a Francisco y aceptadas como parte auténtica de sus escritos.

Algunas parecen meditaciones preparadas. Otras tienen la forma de una bienaventuranza: «Bienaventurado el siervo…». Varias pueden conservar orientaciones pronunciadas en los capítulos de los frailes. Es probable que hayan sido registradas por secretarios u oyentes y luego reunidas. Pero no contamos con una grabación, un autógrafo ni un relato de cada encuentro.

El nombre «admonición» no significa un regaño furioso. Proviene de la idea de recordar, advertir y orientar. Francisco intenta poner una lámpara frente a los lugares del corazón que preferimos dejar a oscuras.

Veintiocho piezas, no un solo discurso

Las ediciones modernas numeran las Admoniciones del 1 al 28. Ese orden ayuda a la lectura, pero no prueba que Francisco las haya pronunciado en secuencia durante una tarde. La colección probablemente se formó a partir de enseñanzas diferentes.

Su extensión varía. La primera es larga y contempla el Cuerpo de Cristo. Algunas tienen pocas líneas. La última describe virtudes que expulsan vicios: donde hay caridad y sabiduría, no hay miedo ni ignorancia; donde hay pobreza con alegría, no hay codicia; donde hay misericordia y discernimiento, no hay exceso ni dureza.

El conjunto se parece menos a un tratado escolar que a un cuaderno de piedras recogidas en distintas caminatas. Cada una cabe en la mano. Juntas, pesan.

Los estudiosos observan que varias Admoniciones emplean lenguaje bíblico y patrones semejantes a los de otros escritos de Francisco. La antigua tradición manuscrita y esa cercanía respaldan su autenticidad. Esto no significa que podamos identificar las palabras exactas de Francisco en cada línea: la autoría medieval podía incluir el habla, el dictado, la memoria de los oyentes y el trabajo de compilación.

Ver lo invisible en lo humilde

La primera Admonición comienza con las palabras de Jesús: quien ve al Hijo ve al Padre. Francisco reflexiona sobre los discípulos que vieron la humanidad de Cristo, pero reconocieron por la fe su divinidad. Después acerca este misterio a la Eucaristía.

El Señor, dice, viene diariamente con apariencia humilde. Así como descendió del seno del Padre al vientre de María, se entrega bajo una forma sencilla. Los ojos del cuerpo ven pan y vino; la fe reconoce el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

El texto no intenta explicar toda la teología eucarística medieval. Hace una comparación espiritual: Dios no necesita parecer poderoso para estar presente. Quien solo reconoce la grandeza cuando resplandece puede perder de vista a Cristo cuando se hace pequeño.

Esta es una clave para las demás Admoniciones. Francisco desconfía del corazón que busca aparentar: parecer sabio, santo, obediente o paciente. La verdad suele estar escondida donde nadie la aplaude.

La voluntad que desea poseer

La segunda Admonición lee la historia de Adán como una apropiación de la propia voluntad. Comer del fruto prohibido no aparece solo como deseo de alimento, sino como un intento de convertir la voluntad en una posesión absoluta.

Francisco usa «apropiarse» en muchos sentidos. Un hermano puede no poseer monedas y aun así aferrarse obstinadamente a una idea, un cargo o la gloria de una buena obra. Puede convertir incluso un don de Dios en trofeo personal.

La Admonición 5 pregunta por qué alguien se enorgullece. El ser humano fue creado por Dios, y el propio Cristo se entregó por él. Los dones, la inteligencia y la belleza no comenzaron en nosotros. El único orgullo posible sería cargar diariamente la cruz de Jesús.

Esto no ordena odiar los talentos. Enseña gratitud. Un niño que dibuja bien puede alegrarse y practicar. El peligro comienza cuando usa el dibujo para declarar que los demás valen menos.

El libro que no llegó a la vida

En la Admonición 7, Francisco habla de quienes conocen palabras, pero no desean seguir el espíritu de la Escritura. Buscan conocimiento para ser admirados o para acumular riquezas para sus parientes. El problema no es estudiar. Es guardar la letra como objeto de prestigio.

En la Admonición siguiente, llama bienaventurado a quien no guarda ningún bien para sí, sino que lo devuelve a Dios. Incluso saber leer puede recibirse como un servicio.

Este matiz es importante. Algunas interpretaciones convirtieron a Francisco en enemigo de los libros. Sin embargo, sus escritos citan continuamente la Biblia y muestran respeto por las palabras divinas. Él combate el saber que sube a la cabeza y no baja a las manos.

Un manuscrito iluminado puede ser costoso, requerir meses de trabajo y ser bellísimo. Aun así, no alimenta a nadie si solo sirve para demostrar la importancia de su dueño.

La prueba de la paciencia

Es fácil creer que somos pacientes cuando todos están de acuerdo. La Admonición 13 ofrece una prueba: la persona no sabe cuánta paciencia y humildad posee mientras todo sucede como desea. Cuando llega la contradicción, se revela la verdadera medida.

Francisco no dice que sufrir una injusticia sea siempre bueno ni que una víctima deba permanecer en peligro. Habla a hermanos que desean conocerse a sí mismos. La contrariedad quita la máscara.

La Admonición 11 se dirige a quien se irrita por el pecado ajeno. Si alguien acumula ira a causa del error de otro, se apropia de la culpa y la perturbación. Esto no prohíbe proteger a una persona herida ni corregir un abuso. Prohíbe usar el mal ajeno para alimentar el mal dentro de uno mismo.

Hay una diferencia entre firmeza y furia. La firmeza busca la verdad y la reparación. La furia puede desear únicamente vencer.

La paz que no depende del silencio exterior

«Bienaventurados los pacíficos» aparece en la Admonición 15. Francisco interpreta al pacificador como aquel que, por amor a Cristo, conserva la paz en el corazón y en el cuerpo a pesar de lo que sufre en el mundo.

Esto no describe a alguien insensible. La paz franciscana no consiste en no llorar nunca, no temblar nunca ni pedir ayuda jamás. Consiste en no entregar al odio la dirección del corazón.

En la Admonición 14 se examina la pobreza de espíritu. Hay quien reza mucho y hace penitencia, pero se perturba por una sola palabra que parece un insulto. Esa perturbación revela que todavía guarda un tesoro: su propia reputación.

La enseñanza es exigente porque alcanza una posesión invisible. Alguien puede entregar su abrigo y proteger ferozmente su imagen de persona perfecta.

Envidiar un don es tocar su origen

La Admonición 8 dice que envidiar el bien que Dios realiza en un hermano es acercarse a una ofensa contra Dios mismo, autor de todo bien.

Francisco desplaza la comparación. Si el otro canta mejor, cuida con más paciencia o comprende un pasaje difícil, su don no disminuye el nuestro. Es una ventana diferente por donde entra la misma luz.

La envidia quiere cerrar la ventana del vecino para que nuestra habitación parezca más luminosa. El resultado es oscuridad para todos.

Otras enseñanzas advierten contra el siervo que desea ponerse por encima de los demás y contra quien se enorgullece de una función. Para Francisco, ser ministro no es ascender. Es asumir la tarea de lavar los pies.

Este lenguaje nace del Evangelio y de la experiencia de la fraternidad. Cuando los grupos crecen, los cargos empiezan a parecer peldaños. Las Admoniciones cortan esos peldaños de raíz.

Obedecer cuando nadie está mirando

Algunas Admoniciones tratan de la obediencia. La obediencia perfecta no consiste en cumplir órdenes fáciles para recibir elogios. Tampoco consiste en obedecer algo contrario a la conciencia y a la Regla. Francisco reconoce que puede existir una orden que la persona no deba cumplir; en ese caso, debe soportar las consecuencias sin abandonar el amor.

Este pasaje impide entender la obediencia como ceguera. El hermano no se convierte en objeto. Sigue siendo responsable ante Dios.

Al mismo tiempo, Francisco desconfía de la persona que llama «conciencia» a toda preferencia. La humildad exige escuchar y aceptar que tal vez el otro vea algo que nosotros no vemos.

La Admonición 20 bendice a quien soporta al hermano frágil como quisiera que lo soportaran. Quizá la obediencia más difícil no sea ante una orden extraordinaria. Puede ser el espacio diario concedido a alguien lento, enfermo o repetitivo.

El secreto que no necesita mostrarse

La Admonición 21 llama bienaventurado a quien, cuando es elogiado, permanece tan humilde como cuando se lo considera sencillo y es despreciado. La Admonición 23 elogia a quien se muestra tan humilde entre sus subordinados como lo sería entre sus señores.

Estas enseñanzas desmantelan la santidad de escenario. Si la bondad desaparece cuando nadie importante observa, quizá era una actuación.

Otra pieza elogia al siervo que guarda en su corazón los secretos de Dios y no se apresura a darlos a conocer en busca de recompensa. Francisco no desprecia el testimonio. Advierte contra convertir toda experiencia íntima en un anuncio de uno mismo.

En un mundo actual de exposición constante, la frase parece nueva. Algunas cosas crecen mejor en la oscuridad, como una semilla bajo tierra.

Cómo las palabras atravesaron el tiempo

No tenemos el cuaderno original de las Admoniciones. Sobreviven en manuscritos franciscanos, algunos de ellos copias muy antiguas. El códice 338 de Asís ocupa un lugar importante en la transmisión de los escritos, aunque es un volumen compuesto por unidades de distintas épocas.

Un estudio publicado sobre un antiguo manuscrito de las Admoniciones mostró cómo nuevos testimonios todavía ayudan a comprender la formación y circulación de la colección. Comparar manuscritos permite corregir errores de copia y reconocer variantes.

Es posible que el orden y los títulos modernos no hayan pertenecido a una colección organizada directamente por Francisco. Sin embargo, el núcleo es reconocido como enseñanza suya. La prudencia histórica no enfría la voz; impide que afirmemos más de lo que las hojas permiten.

El arte de este capítulo imagina a Francisco hablando en un claustro. Es posible que haya enseñado a los hermanos en espacios semejantes. No sabemos dónde pronunció cada pieza, quién estaba presente ni si varias comenzaron como palabras habladas y otras como dictado.

La lámpara ante el corazón

Las Admoniciones no ofrecen una lista de pecados de «gente mala». Hablan a personas religiosas capaces de esconder orgullo dentro de la oración, envidia dentro de la defensa de la verdad y vanidad dentro de la pobreza.

Por eso siguen siendo incómodas. El lector no puede quedarse afuera señalando personajes. Cada frase mueve la lámpara hacia otro rincón: ¿cómo reacciono cuando me contradicen? ¿Me alegra el don del otro? ¿Sirvo del mismo modo cuando nadie me ve? ¿Deseo conocimiento para amar o para parecer más importante?

Francisco no termina con desesperación. La última Admonición reúne pares luminosos: amor y sabiduría, paciencia y humildad, pobreza y alegría, quietud y meditación, misericordia y discernimiento. Las virtudes no son adornos. Cuando entran, empujan hacia afuera aquello que destruye.

La piedra del claustro sigue fría. Los hermanos aún tienen que volver a sus tareas. Pero una pequeña luz se encendió donde ningún público puede llegar.

Las pequeñas ventanas

Fuentes de este manuscrito

  1. Admoniciones de san Francisco — VaticanoTexto completo. Presenta en secuencia las veintiocho enseñanzas.
  2. Admoniciones — Capuchinos de Río Grande del SurTexto en portugués. Introduce la colección y conduce a cada pieza por separado.
  3. Francisco de Asís: documentos tempranos, volumen 1Edición académica franciscana. Ofrece una traducción crítica y contexto sobre los escritos.
  4. Michael J. P. Robson — «Un manuscrito temprano de las Admoniciones»Estudio de un manuscrito. Examina un testimonio antiguo, la naturaleza de la colección y su transmisión.
  5. Blastic, Hammond y Hellmann — Los escritos de Francisco de AsísEstudio textual. Analiza la autoría, la forma literaria y la tradición manuscrita de las Admoniciones.
  6. C. Knowles — Los escritos de san Francisco de AsísInvestigación académica. Sitúa la colección dentro de los principales códices franciscanos.

Cómo leemos este capítulo: las veintiocho Admoniciones son aceptadas como una colección auténtica de enseñanzas de Francisco. No conocemos la fecha, el lugar, los oyentes ni la forma de registro de cada pieza. La lección en el claustro es una imagen contemplativa. Las aplicaciones a situaciones actuales son explicaciones pastorales, no frases atribuidas literalmente al texto medieval.