Imagina a seis hermanas llegando juntas a la puerta del corazón. La primera sabe ver lo que realmente importa. La segunda no complica el amor. La tercera camina con las manos libres. La cuarta no necesita sentirse superior. La quinta da calor a quien está cerca. La sexta aprende a escuchar.
Francisco llamó a estas hermanas Sabiduría, Sencillez, Pobreza, Humildad, Caridad y Obediencia. Para él, las virtudes no eran adornos para parecer santo. Eran fuerzas recibidas de Dios que cambiaban la forma de pensar, elegir, compartir y tratar a toda criatura.
En el Saludo a las Virtudes, organiza las seis en parejas: Sabiduría con Sencillez; Pobreza con Humildad; Caridad con Obediencia. Ninguna quiere brillar sola. La sabiduría sin sencillez puede convertirse en orgullo. La pobreza sin humildad puede volverse exhibición. La obediencia sin caridad puede hacerse dureza. Unidas, se protegen unas a otras.
De dónde viene esta oración
La Salutatio Virtutum, o Saludo a las Virtudes, forma parte de los escritos auténticos de san Francisco. El texto fue transmitido por diversos manuscritos medievales, y Tomás de Celano, uno de los primeros biógrafos del santo, ya conocía y citaba esta composición en el siglo XIII.
Francisco usa una forma de hablar común en la poesía religiosa de su tiempo: se dirige a las virtudes como si fueran personas. Esto no significa que creyera en seis seres mágicos. Es una manera poética de hacer visible lo que ocurre dentro del alma. Las llama «santísimas» porque vienen de Dios y conducen a la persona hacia Dios.
Una frase exige cuidado: nadie posee una virtud «si antes no muere». Francisco no pide que alguien lastime su cuerpo. Habla de la muerte del egoísmo: dejar morir la mentira, el deseo de dominar y las ganas de tenerlo todo solo para uno mismo. Es el lenguaje de Jesús sobre perder la vida para encontrarla.
El texto de abajo es una traducción pastoral propia de este portal, hecha a partir del original latino. Conservamos la fuerza de las imágenes, pero usamos palabras claras para que un lector joven pueda rezar sin confundir humildad con humillación, obediencia con abuso ni pobreza con abandono de los necesitados.
El saludo
¡Salve, reina Sabiduría!
Que el Señor te guarde,
con tu hermana, la santa y pura Sencillez.
Señora santa Pobreza,
que el Señor te guarde,
con tu hermana, la santa Humildad.
Señora santa Caridad,
que el Señor te guarde,
con tu hermana, la santa Obediencia.
Virtudes santísimas,
que el Señor las guarde a todas ustedes,
él, de quien vienen y proceden.
Nadie en todo el mundo
puede poseer verdaderamente a una de ustedes
sin antes morir a sí mismo.
Quien posee una
y no hiere a las otras,
las posee a todas.
Quien hiere a una,
no posee ninguna
y hiere a todas.
Y cada una pone en fuga
los vicios y los pecados.
La santa Sabiduría pone en fuga a Satanás
y toda su maldad.
La pura y santa Sencillez pone en fuga
la sabiduría orgullosa de este mundo
y la astucia egoísta del cuerpo.
La santa Pobreza pone en fuga
la codicia, la avaricia
y las preocupaciones que nos atan a este mundo.
La santa Humildad pone en fuga
el orgullo ante las personas
y ante todas las cosas que existen.
La santa Caridad pone en fuga
toda tentación del mal y del egoísmo
y todos los miedos que nos cierran.
La santa Obediencia pone en fuga
los deseos egoístas del cuerpo;
mantiene el cuerpo disponible
para obedecer al espíritu
y servir al hermano.
Hace a la persona sencilla y disponible
ante todos los seres humanos,
y no solo ante los seres humanos,
sino también ante los animales y las criaturas libres,
para que puedan relacionarse con ella
según les sea permitido desde lo alto por el Señor.
— San Francisco de Asís, Saludo a las Virtudes
Traducción pastoral propia a partir del latín “Ave, regina sapientia…”
Cómo rezar este saludo
No intentes abrazar las seis virtudes de una vez. Lee toda la oración y percibe qué nombre quedó encendido dentro de ti. Quizá sea Sencillez, porque tus pensamientos están complicados. Tal vez Caridad, porque alguien necesita paciencia. O Humildad, porque te equivocaste y necesitas pedir perdón.
Repite despacio: «Señor, haz crecer esta virtud en mí». Después busca a su hermana. Si elegiste Sabiduría, pregunta cómo puede acompañarla la Sencillez. Si elegiste Pobreza, pregunta cómo puede la Humildad impedir que juzgues a los demás. Si elegiste Caridad, pregunta a qué gesto concreto de escucha y servicio te llama la Obediencia.
Por último, elige un vicio o mal hábito que necesita «ser puesto en fuga». No luches contra él diciendo solamente «no». Pon algo bueno en su lugar. Contra la mentira, una verdad dicha con bondad. Contra la avaricia, compartir. Contra el orgullo, un agradecimiento. Contra el miedo que cierra el corazón, un pequeño acto de amor.
El bien nunca camina solo
Francisco percibió una verdad que a veces olvidamos: las virtudes forman una familia. Cuando una crece de verdad, llama a las otras. Una persona sabia comienza a hablar con mayor sencillez. Quien elige vivir con menos aprende a no creerse mejor. Quien ama aprende a escuchar.
También es importante entender lo que no significa cada palabra. Sencillez no es falta de inteligencia. Es inteligencia sin fingimiento. Pobreza no es considerar hermoso que alguien pase hambre; es no convertir las cosas en señoras del corazón y compartir para que nadie sea abandonado. Humildad no es permitir que nos maltraten; es conocer nuestro valor sin pisotear el valor del otro. La obediencia cristiana nunca ordena obedecer al mal: comienza por escuchar a Dios, la conciencia y el llamado al amor.
Cuando Francisco dice que la obediencia hace a la persona disponible incluso ante los animales, dibuja a un ser humano sin deseo de controlarlo todo. No es una invitación a ponerse en peligro. Es una imagen radical de mansedumbre: vivir en el mundo sin tratar a las personas, los animales ni la naturaleza como objetos hechos solo para nuestra voluntad.
Las virtudes, entonces, no son medallas conquistadas por gente perfecta. Son semillas. Dios las ofrece y nosotros colaboramos con decisiones pequeñas. Hoy, una respuesta paciente. Mañana, un objeto compartido. Después, el valor de admitir: «No sé; ¿puedes enseñarme?». Así, casi sin ruido, un corazón comienza a parecerse al corazón de Cristo.
Respira y pregunta: ¿cuál de estas seis hermanas llama hoy a mi puerta? No necesitas abrir todas las ventanas a la vez. Abre una rendija. La gracia sabe entrar por lugares pequeños.
Fuentes para continuar
- Texto latino integral de la Salutatio Virtutum — Custodia Franciscana San Francisco de Asís
- Catálogo de las Fuentes Franciscanas: Saludo a las Virtudes, FF 256-258 — Orden Franciscana Seglar de Italia, región de Calabria
- Reflexión franciscana sobre el Saludo a las Virtudes y el Espíritu Santo — Commission on the Franciscan Intellectual-Spiritual Tradition
- Estudio formativo sobre las virtudes en los escritos de Francisco — Fraternidad Nacional de la Orden Franciscana Seglar, EE. UU.

